viernes, 19 de diciembre de 2014

Incendio.


Quédate con París.
Quédate con nuestra cama,
con las noches de cambios de polaridad
con la franqueza de la que nunca hiciste gala.

Déjame el allí.
Déjame el antes,
los recuerdos de aquel cuándo,
el rincón donde hacíamos las paces.
Quiero que me lo guardes todo en una caja
y que me la des a primera hora de la mañana.

No pienses que quiero estos recuerdos para las tardes de domingo, eh.
Los quiero para quemarlos.
Para cerciorarme de que no estás.
Para creer que nunca has estado.
Para saberme libre.

Me he comprado unos zapatos nuevos
y preciosos.
Y no pienso malgastar sus suelas corriendo tras de ti.
Ya estoy cansada de hacerlo.

Además, 
tengo unas alas preciosas, que
contigo,
nunca pude usarlas.
Tengo unos ojos hechos para comerme el mundo
y una declaración de amor propio bajo el brazo

Así que ya ves.
Para mí ya eres pasado.
Y todo aquello que vivimos,
pronto se convertirá en cenizas.

(Pero eso será el lunes por la mañana,
porque esta tarde de domingo hace frío
y tu recuerdo, como el hielo,
también quema.)

domingo, 30 de noviembre de 2014

Rules.

Nos encanta poner reglas,
a todo.

Tenemos reglas para hablar,
para hacer música,
para encontrar musa,
para pensar,
para ver,
para sentir
e incluso, para la poesía.

Lo controlamos todo, tenemos cánones para saber
qué está mal y qué está bien.

Prohibimos y aprobamos
lo que consideramos
a nuestro antojo.

Decimos cómo hay que hacer las cosas
y nunca nos preguntamos el método
ni el porqué esto es así
y lo otro también.

Nos encanta poner reglas,
a todo.
Y cuando alguien se enfrenta a ellas
les hace un corte de mangas
y se sale volando de la jaula,
nosotros, los de abajo,
le aplaudimos y alabamos
y soñamos con ponernos en su piel.

Si nosotros ponemos las normas, 
¿por qué las valoramos más
cuando no se cumplen?

Lunera.

Érase un firmamento muy lejano y antiguo, hacia el comienzo de los tiempos. Era un cielo precioso, puro e inmenso, donde cada cosa tenía su lugar. Estaba gobernado por tres hermanos: el mayor era todo luz, el pequeño era todo oscuridad, y la mediana era una mezcla de ambas cosas, y por tanto, imposible de definir.

Los tres hermanos se protegían y querían a pesar de sus distintos caracteres. Consiguieron mantener el orden entre sus reinos asegurando la paz del cosmos. Pero un día, o mejor dicho, en un momento dado (porque en aquel tiempo no existían ni el día ni la noche) todo eso cambió. Cada hermano tenía sus propios enemigos particulares y éstos, para asegurarse la caída de los tres reyes, idearon una conspiración; la primera en la historia del universo. El hermano mayor, rodeado de falsos consejeros, hizo caso a todos los rumores infieles que le hacían llegar. Él, seguro de que su gente era de confianza, les creyó todas sus mentiras y sintiéndose profundamente traicionado por sus hermanos, les declaró la guerra.

El benjamín le hizo prometer a la hermana mediana que no les abandonaría ante el conflicto que se avecinaba. Eran y siempre serían una familia después de todo, y debían luchar por el mantenimiento del firmamento. Las promesas siempre fueron fáciles de decir y ésa no fue una excepción. Hermano y hermana permanecieron juntos. Pero la ira del mayor no hizo más que crecer, aumentada por mentiras y rencores. Dejándose controlar por sus demonios, atacó los reinos de los demás hermanos. El pequeño quiso hacerle entrar en razón y explicarle cómo era la situación. Quería recuperarle y para ello, debía abrirle los ojos y mostrarle las conspiraciones que se tramaban en su corte celestial. Pero el daño ya estaba hecho, y como una semilla bien germinada, no hacía más que crecer dentro del hermano mayor.

La hermana no esperó ante el primer ataque, así que olvidó su promesa y huyó. No quería saber nada más del asunto. El hermano pequeño se encontró solo, herido por ambos hermanos y a punto de liderar una guerra. De vuelta a su reino comprobó los destrozos ocasionados por las afrentas del ejército de su hermano mayor y asumió la responsabilidad de sacar el espacio sideral a flote. Sin embargo, eso supondría ir en contra de su propia sangre, firmar una sentencia de muerte, tanto para él, como para ambos. Pero apareció un tercer factor que le hizo decantarse por el bando a tomar: su esposa estaba esperando un vástago. El benjamín, que siempre había querido tener descendencia, juró que su hijo no sufriría la cólera y crueldad del rey de la luz. Su esposa y él mantuvieron el secreto por miedo a que oyeran la noticia los oídos que no debían. Ante su reino se mostraron decididos y encabezaron las revueltas reclamando (aparentemente) lo que les habían quitado; ella quería recuperar su hogar y él a su hermano. Sin embargo, en el fondo, ambos luchaban por un firmamento en paz en el que su hijo pudiera crecer.

Fue un conflicto increíble, arrasador. Se originó una enorme explosión como nunca antes en el cosmos. El rey de la luz, contra el rey de la oscuridad, energía contra energía, materia contra materia, hermano contra hermano. La guerra se prolongó por mucho tiempo, el suficiente para que el embarazo fuera avanzando. El hermano pequeño quiso proteger a su esposa y a su vástago, pero ella no quería dejar el conflicto. Ambos siguieron en el campo de batalla, hasta que ella no pudo complementar la lucha externa con la que se llevaba dentro de su propio cuerpo. Y cumpliéndose casi un año del nacimiento de esa guerra civil, la esposa dio a luz una preciosa niña.

No fue una tremenda alegría. El hermano pequeño no podía parar de preguntarse hasta cuándo iba a durar aquello y qué sentido tenía seguir luchando si al final su hija no iba a poder vivir en el universo que ambos habían soñado. La mujer y él, incapaces de dejar que su hija sufriera ningún efecto colateral, decidieron entregársela a la única persona que sabían que la cuidaría ajena a todo eso: la hermana mediana. El hermano pequeño se la entregó olvidando el pasado, porque él mismo había deseado huir de vez en cuando. Porque nunca habían dejado de ser familia, y al final, era la única a la que le confiaría algo más importante que su vida: su única hija. Se aferraba a la salvación de la pequeña como el gato se aferra a su séptima vida. Prometiendo que la volvería a ver dentro de poco, besó a la niña, la que fue fruto del amor en tiempos de rabia
.
Ella tenía luz y oscuridad a partes iguales, como su tía. Era capaz de brillar con la más absoluta intensidad en la oscuridad más densa y a la vez sentirse segura. Y como la mejor forma de esconder algo es dejándolo al alcance de la vista, la hermana mediana la puso cerca de un pequeño planeta que empezaba a nacer de las cenizas. La guardó en una cuna de cristal, capaz de traspasar y expandir la luz que irradiaba. Así fue como la Luna se hizo la guardiana de la Tierra. La guerra continuó y aún continua, y sus padres siguen luchando por ella, siempre por ella. El conflicto se engrandece y con él, el universo entero se expande.

Al igual que los diamantes surgen bajo presión, ella floreció entre los escombros de un reino que podría haber sido su hogar. Tiene sangre de princesa y la promesa de un reencuentro grabada en la frente. Pero ella no sabe nada, y solo algunas noches, cuando esa esperanza lejana le suena en los oídos, la invade una infinita tristeza que la adormece y apaga, dejando a la Tierra a oscuras y a los marineros solos y sin rumbo… como ella.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Somos.

—No me conoces de nada.

Y era cierto. Él no sabía nada de ella. Podría describir su apariencia, claro. Podría querer abarcar su cintura y columpiarse en sus piernas. Pero ella pensaba que las personas somos más que eso. Bueno, algunas.
Ella creía y sigue creyendo, que somos las sonrisas, las lágrimas y las carcajadas irónicas. Somos las prisas, la urgencia. Somos las despedidas cuando parte el tren, somos el humo de los cigarrillos, las buenas noches, los buenos días. 

Somos lo que comemos, dicen algunos. Pero también somos lo que escuchamos, lo que vemos, lo que olemos,  lo que sentimos y lo que pensamos. Por eso, somos música, cine, primavera, amor y lógica.

Somos amaneceres por la ventana, pero también somos noches lluviosas y días nublados. Somos gritos con o sin sonido, somos rabia, dureza, odio, tristeza, somos los errores que cometimos y los que cometieron por nosotros. Somos lo que no sabemos, lo que queremos saber, lo que deberíamos saber y lo que realmente conocemos. Somos los libros que leemos, las melodías que nos aprendemos, las películas que hemos visto de nuestro director favorito, somos nuestros "tal vez" con aquella persona, somos los pensamientos furtivos que se cruzan en la mente como estrellas fugaces.

Lo somos todo y nada. Somos miradas breves o largas, más o menos intensas, somos las oportunidades que tomamos y las que no pudimos tomar. Somos nuestras historias inventadas o reales, pero que siempre tienen un final abierto. Somos el silencio incómodo, o el del final del compás. Somos las tardes ociosas, la histeria quebrada y en general, un mundo mal organizado.

Somos nuestros miedos, y de eso, ella estaba segura. Los miedos que nos acompañan y los que superamos. Somos la gente que nos ayudó a superarlos y los que hicieron todo lo contrario. Somos la luz encendida del pasillo, la linterna en la mesilla de noche, somos el giro de doble llave para cerrar la puerta de casa y el mirar a todas partes con ansiedad jadeante.

Somos nuestro trabajo. Somos las tareas acumuladas y las que ya están hechas, somos listas interminables de cosas que hacer, somos nuestro propio sistema de prioridades. Somos nuestros prejuicios, nuestras muecas de desdén, nuestra forma de juzgar y a la vez, nuestra forma de odiar el ser juzgado.

Somos nuestro programa favorito de la televisión y los que odiamos. Somos el botón más pulsado del mando a distancia, el enfado cuando la imagen se congela y la desesperación las pausas publicitarias.

Somos increíbles. Somos nuestras metas logradas, nuestro nuevos objetivos y las promesas que nunca cumplimos o que nunca nos cumplieron. Somos los lugares que queremos visitar y que ya hemos visto, somos los recuerdos que se nos olvidan.

Somos las fotos en las que salimos sonriendo, como si nunca nada malo haya pasado, como si de verdad la vida fuera bonita. 

Somos las personas que conocemos y que conocíamos. Somos la distancia que separa, pero también los kilómetros que unen, somos el darlo todo por alguien y el romperse en felicidad cuando alguien lo da todo por ti.

Somos mar y montaña, río y volcán, somos ruido y calma. Somos lógicos e increíblemente irracionales. Somos impulsos y cavilaciones. Somos nuestra propia tortura y nuestra liberación. Somos lo que creemos, lo que dudamos y lo que nos gustaría asegurar. 

Somos tanto y tan poco. Ella sabía todo eso, pero él no. Por eso quiso poner puntos y finales donde él esperaba comas o paréntesis. Él ante todo, quería empezar con las exclamaciones, pero ella prefería remolonear entre puntos suspensivos. Y ante este choque tan dragramático, tuvieron que tomar párrafos distintos.

Podría haber sido una bonita historia de amor, pero eso ya nadie lo sabe. 

Y es que la personas somos nuestras elecciones, lo que somos, y lo que alguna vez pudimos ser.




domingo, 5 de octubre de 2014

Nueva Orleans.

Nunca pensé que le volvería a ver. Y menos aquí en Nueva Orleans, donde le conocí. Donde empezó todo. En el miso de bar, de la misma esquina, de la misma calle con el mismo jazz. Parece que nada ha cambiado y sin embargo todo es distinto. Pero verle entrar por la puerta, con ese andar sincopado que parece sacado de una canción de Louis Armstrong me hizo transportarme a esas tardes entre humo de cigarrillos, con las risas en el aire y un par de esperanzas en el fondo de los vasos. Tardes en las que no envejecías, donde parecía que todo en el exterior se detenía y solo existías tú en ese momento, en ese preciso lugar. 


La puerta se cerró tras de sí y pude apreciar que se había dejado crecer el pelo, que llevaba barba y que estaba más delgado de como le recordaba. Pero seguía luciendo ese brillo en sus ojos. Los ojos de un soñador. Esa metáfora que tanto se ha repetido a lo largo de la historia, y de la que él era la prueba. Nadie se podría hacer una idea de lo que pasaba por su cabeza despeinada. 

No me había visto, pero creí que era mejor así. Él, sin embargo, parecía que buscaba a alguien o algo. Siempre ha sido así, un espíritu inconformista, con esa atmósfera de espejismo. Como si no estuviera aquí sino en otra parte, lejos. Con esa postura de que en cualquier momento, echará a volar. Me pregunté si en verdad seguía buscando un corazón de oro, pero ya sabía la respuesta. Él no era de esos que se rendían. Pensé que, de todas formas, eso estaba bien. Estaba bien que tuviera algo que perseguir y que ese algo fuera tan irreal como él mismo. Nunca supe si lo decía en serio, pero tampoco quise creer lo contrario. Era una historia muy bonita, como un cuento o algo así. "El hombre que buscaba un corazón de oro". En mi cabeza sonaba bien. No sabía si se refería en un sentido literal o figurado, pero ¿acaso importaba? La historia era la historia, con sus principios, sus nudos y sus finales. Y Nueva Orleans estaba plagada de retazos de esas historias.

Él seguía mirando de un lado a otro, moviendo las puntas de los dedos. Estaba nervioso, se le notaba. Quizá llevaba estando nervioso toda la vida, sin saber nunca qué le depararía el futuro. Ni dónde ni cuando verá ese 'algo'relucir. Y en ese instante, en aquel bar, me di cuenta de que el tiempo pasaba para todos y que, como dijo Neruda, los de antes, ya no somos los mismos. Por mucho que nos empeñemos en seguir frecuentando los mismos lugares y esperando las mimas cosas, todo cambia. Y él, más que nadie. La vida pasaba por él y a penas se daba cuenta y si lo hacía, se negaba a creerlo. Todo se desmoronaba y se caía y él seguía en la búsqueda de su propio espejismo, aferrado a la esperanza ciega de encontrar un camino.

En un momento dado, sus ojos dejan de ir de un lado a otro. Se clavan en mí y me sonríe como diciendo: "te estaba buscando" y claro, viniendo de él se podía considerar todo un halago. Me estaba buscando. Como si nunca me hubiera movido aquí. Como si perteneciera a este asiento pegado a la barra. Y esa confianza en que yo le esperaría en el mismo sitio me hizo darme cuenta de que pocas veces se tiene la suerte de conocer a alguien como él. A un buscador que es capaz de valorar lo que tiene a sabiendas de que aspira a algo más. Yo también le sonrío, y le invito a sentarse y a brindar por la vida.

Quizá lo hayas tenido tú todo este tiempo. Pero por si acaso, tienes que seguir buscando un corazón de oro, amigo.





lunes, 15 de septiembre de 2014

Alice.

Alice no está aquí. Pero no te preocupe por ella, sabe arreglárselas. Está preparada para dar cuerda en cualquier momento al cochecito rojo que corretea de un lado a otro. También sabe cocinar, no te creas. Sabe distinguir  las estrellas más sabrosas entre todas las del firmamento; siempre tuvo buen ojo para eso. Y si la ves bañarse en el mar, no debes vigilarla porque sabe nadar mejor que cualquier sirena, y aunque no supiera, la gente como ella no se hunde jamás. Debe de tener relación con eso de que sabe volar y una vez que empiezas, no puedes bajar. Y si la ves cabalgando por ahí, a lomos de un volcán, recuérdala que no lo haga a pelo, que hay que tener cuidado por si surge una erupción.

No, Alice no es de esas que se aburren. En cuanto tiene ocasión, le da por atrapar luciérnagas y burlar reflejos. También guarda cualquier trasto viejo que encuentra y crea historias a partir de suspiros. Y si está de especial buen humor, suele contárselas a la Luna, pero solo de noche, para que el Sol no se ponga celoso. 
Podría decirse que está sola, pero no sería cierto. Para la pequeña Alice, cualquier persona o cosa merece su amistad; al fin y al cabo, la vida es demasiado corta como para privarle ese placer a nadie. 
Algunas mañanas, Alice, que es muy responsable, tiene que despertar al Sol porque es muy dormilón. Pero en ocasiones, le deja dormir un poco más, y es por eso que algunas noches son más largas que otras.

La próxima vez que la veas, tienes que fijarte en todos los lunares que tiene. Pide un deseo cada vez que le sale uno ¿lo sabías? No sé cuando volverá, no. Ya sabes que siempre está muy ocupada: si no está contando arena, está arreglando espejos y si no, cantando. ¿La has oído hacerlo? Cantar, digo. A veces las olas dejan de moverse para escucharla y a su alrededor se reunen ruiseñores y las hojas danzan al compás. Es más: he visto árboles desperezarse de sus profundos sueños y mover sus raíces para oírla cantar. 
Además, ahora le ha dado por dibujar nubes. Coge una tiza —pero no cualquier tiza, si no la que le dio el gigante—, la alza hacia al cielo y la desliza sobre el lienzo azul que tiene encima y traza formas raras y bonitas. En fin, como es ella. Rara y bonita.

Tiene el arcoiris guardado entre su pelo enmarañado y los días tristes los encierra en las comisuras de su boca casi siempre tan alzadas. En sus pestañas tiene el secreto de las aguas saladas y en sus oídos nadie sabe la cantidad de nombres que suenan. 
A veces, cuando duerme, susurra alguno, como si añorara a alguien, porque hasta las heroínas tan especiales como Alice necesitan dormir, echar de menos y recordar momentos pasados.




jueves, 28 de agosto de 2014

R-evoluciones.

Te conocí en plena revolución
entre lluvias de cristales
y sueños que eran carne de cañón.

Todos gritaban
por algo que ansiaban silenciosamente,
y verte allí,
entre tanta gente
tan rota como si lo hubieras estado siempre
me hizo replantearme contra quién luchábamos
y qué importancia
qué sentido
qué nada
tenía aquello.

Conocerte en plena revolución
me hizo perder batallas
y buscar guerras
con deseo de revancha.
Cambié los esquemas
y renové las balas
sin saber para qué
ni contra quién
usarlas.

Supe que iba a estallar de un momento a otro
que iba a romperme
y que no me importaba
y que en ese momento me mirabas
como diciendo: '¿a qué esperas?'
A ti,
siempre a ti.

Conocerte en plena revolución
fue la peor de las contiendas,
pero así me di cuenta
de que tendría que esperar varias treguas
antes de hacer la guerra contigo.
Bueno, o junto a ti.

domingo, 3 de agosto de 2014

El daño que causó Cinema Paradiso.

Max era un enamorado del cine. Habría visto cientos de películas, pero su favorita siempre había sido Cinema Paradiso. Max se sentía especialmente identificado con ella. Consideraba que él también estaba destinado a grandes cosas, como Salvatore (o Totó, para los amigos), y que para llevarlas a cabo tendría que salir del pueblucho en el que se encontraba. No soportaba ver las mismas caras todos los días. Al igual que Totó, lo único que le frenaba era su gran amigo Alfredo. 

Todo esto habría tenido sentido, si no fuera porque Max vivía en una ciudad increíblemente grande: Nueva York. Apenas conocía a nadie y su gran amigo Alfredo no era otro que un perro. Muy grande, sí, pero perro al fin y al cabo.

Max estaba convencido de que Cinema Paradiso había sido creada, escrita y filmada para él. Inexplicablemente, se veía reflejado en sus escenas y consideraba que todo lo que ocurría en los fotogramas, le iba a ocurrir a él también. Es más, él se llamaba a sí mismo Salvatore y así se presentaba ante los demás.
Max era un loco soñador que se sabía imaginativo sin darse cuenta de que su vida era una copia de lo que son sus dos horas favoritas de filmografía. Para meterse aún más en situación hasta asignó a las personas que más veía con frecuencia, los nombres de los personajes que aparecían en la película.Ahí estaba el loco, pidiendo dinero en la esquina de enfrente. Por allí se iba 'El Napolitano' trajeado. Cómo se nota que tiene dinero. 
Sí, puede que todo fuera una vulgar fantasía, pero en su mundo, Max era feliz.

Y al igual que en la película, Max se enamoró. Ni siquiera sabía su nombre, pero eso daba igual, porque en su mente siempre se llamaría Elena. Ella ni siquiera era rubia, pero no importaba. Max estaba loco y además de eso, enamorado. Ella tenía el pelo oscuro recogido casi siempre en una trenza que la caía por la espalda. Tenía los ojos azules, eso sí, y una sonrisa en la que poder columpiarse que tenía fascinado a Max. Trabajaba en una cafetería enfrente de su casa,  pero en fin, ya se sabe que él lo veía todo de otra manera. 

Un día, mientras ella estaba cerrando la cafetería, fue a rebuscar algo del bolsillo de su abrigo y cuando sacó la mano, se le cayó algo al suelo. Al instante, Max, que la observaba desde la distancia corrió a recogerle el objeto prófugo. Era un paquete de cigarrillos, pero apenas lo había prestado atención. Lo único que le importaba era dárselo a ella, mirar de cerca sus ojos y aspirar un segundo su perfume. 
—Perdona, se te ha caído esto —le dijo.
—¡Vaya! Gracias. Qué tonta, no me había dado cuenta. —La sonrisa que le dedicó dejó en blanco a Max por unos segundos.
—Me llamo Salvatore ¿y tú?
—Elena. —Antes de que el cerebro de Max asimilara esa información, su corazón ya sabía que ella era la chica.

Hablaron, rieron y bebieron y al final, él le acompañó a casa. Aun estando borracho se esforzó por memorizar el número de calles que tenía que cruzar y la cantidad de esquinas que debía doblar. Y cuando subió a su piso memorizó todos sus escalones. Y cuando la vio desnuda memorizó todos sus lunares. Y cuando la vio dormida a su lado por la mañana, memorizó todas las respiraciones que daba. 
Y claro, Max o Salvatore o como quieran llamarlo, no podía estar más feliz. Pero no contaba con que ella tenía miedo al compromiso y cuando él le preguntó que cuando se volverían a ver, ella le dijo que no por ahora, que tenía planes, que no quería ataduras y que quería volar y blah, blah, blah. Max lo entendió, pues los ángeles tiene su derecho a volar, pero él también quería hacerlo. Así que él, quien se había visto Cinema Paradiso las veces necesarias como para creer fervientemente en la magia del que espera bajo una ventana ya haga frío, lluvia o calor, decidió  hacer lo que mejor se le daba: vivir dentro de su propia película.

Max esperó un día tras otro. Todas las noches miraba hacia la ventana de ella y visualizaba su piso tal y como lo había visto aquella vez, con libros por todas partes, marcas de café en la mesita de noche, papeles desordenados, el olor a tabaco... Esperó y se aguantó cuando creía que se iba a congelar y no se quejó cuando estaba calado hasta los huesos. Noche tras noche. En ocasiones veía a otros hombres subir a su piso, pero él tenía la firme convicción de que pasara lo que pasara, acabarían juntos. Y un día, ella bajó. Se acercó a él y le dijo que esto no podía seguir así, que ella no le quería y que como siguiera otra noche más, llamaría a la policía.  
— ¡Pero estamos destinados!
—¿Qué dices?
—Sí, como en la película.
—¡Estás loco!
Y en efecto, lo estaba. Pero por una vez, desde que vio ese dichosos filme, entendió que las cosas no eran como se las imaginaba. No estaba en un pueblo italiano, no se llamaba Salvatore, Alfredo era un perro y ella no estaba enamorada de él. Así que sin decir palabra se marchó silencioso, igual que como había llegado. La noche que había pasado junto a ella iba a ser algo que no olvidaría jamás, porque hay cosas que simplemente no se olvidan y claro, cómo no ibas a recordar una chica como aquella que se calentaba las manos con el calor de los cigarrillos, que se encontraba entre todo el desorden que había en su piso y que sonreía hasta dormida provocando amaneceres más tempranos y luminosos. Y eso, que solo había sido una noche.

Pero comprendió que quizá Cinema Paradiso no trataba sobre su vida. Que quizá no trataba de ninguna en especial o de todas a la vez, porque todos somos un poco Savatore, un poco Elena y una pizquina Alfredo. Y a pesar de que seguiría llorando con cada beso que viera en cualquier película, porque las viejas costumbres no se olvidan, decidió que a partir de ese momento, ya no era Salvatore.

Al fin y al cabo, siempre le habían gustado las pelis de Superman. Quién sabe, a lo mejor llevaba un Clark Kent dentro.




viernes, 25 de julio de 2014

A sky full of stars.

El mundo es injusto. Y lo digo yo, a quien la suerte siempre le ha sonreído. Pero qué quieres que le haga, soy muy sensible. No sé, no me parece justo que haya tanta gente que no te pueda ver, por ejemplo. Sí, ya se que no es un gran ejemplo, pero eso no lo hace menos cierto. Quiero decir, puede que haya injusticias más importantes por el mundo, pero es que yo te veo a ti y no sé, no puedo evitar pensar en todas esas personas ciegas que no saben lo que se pierden. Y te tengo que dar las gracias, porque desde que te conocí, ya ando con la cabeza bien alta. No me quiero perder ninguno de tus destellos.

Y es que, desde ese momento, tengo como mi propio cielo particular.  Un cielo lleno de estrellas, cada una de ellas más luminosa que la anterior. Y las más pequeñas son las que más me llaman la atención porque son tan lejanas y tan distantes... Verás, cada vez que te veo me siento más y más insignificante. Posiblemente, tú nunca habrás experimentado esa sensación, pero yo ya estoy tan acostumbrada a ella, que se me adapta como una segunda piel. Me recorren escalofríos al saber que yo en realidad no soy nada. Que si saltara demasiado alto y me fundiera en tu cielo, nadie me vería desde la tierra, porque apenas ocuparía el espacio de un alfiler. 

Te confieso que a veces tengo miedo. Sí, porque sé que llegará un día en el que te darás cuenta de quién eres y de quién soy yo y comprenderás que has perdido el tiempo conmigo, y que te mereces a otros astronautas mucho más importantes, preparados y valientes que yo. Pero por ahora, y a pesar de mis inseguridades, te puedo afirmar que soy feliz al poder decir que tengo mi propio cielo y que ese cielo eres tú, y que no sé muy bien cómo van las metáforas, pero si suenan tan bien será porque estás llena de ellas. Es mirarte y perderme en un bucle infinito de preguntas y conclusiones cada cual más absurda. No tener ni idea de porqué estoy aquí, ni contigo y tener ganas de llorar, porque sé que tú, cielo, nunca acabas mientras que yo, soy un ser finito. 

Y me jode que la única persona que te vea tal y como eres, con esa capacidad de hipnotizar a cualquier persona desde la distancia y aún siendo miope, sea yo. Me parece injusto para ti y para el mundo, porque a pesar de merecerte a cualquier otro, sé que no te van a valorar tanto como yo. Y todo esto porque no saben mirar. Se fijan en lo más superficial y no saben admirarte en tus noches claras, ni en las lluviosas. Se pierden cada una de tus estrellas fugaces y todas las formas de la luna y de tus lunares. Es una verdadera pena que no lleguen a sentir lo que es estar envuelto en oscuridad y a la vez saber que hay luz. 

Por eso, si algún día encuentras a alguien que de verdad te merezca, solo te pido que me dediques un pensamiento ínfimo y que me recuerdes por un instante como el loco aquel con alma de astrónomo que le entregó su corazón a un cielo lleno de estrellas.



lunes, 7 de julio de 2014

Romeo & Juliet

Romeo está enfermo de amor. Sale a escena cantando una triste canción que hace encoger a las personas que pasan, su público. Nadie quiere llorar por otros y sin embargo se les quiebra a muchos el corazón al oír a Romeo. Una farola es su foco y el attrezzo no es otra cosa que la fría calle en la que se encuentra.

“¿Qué fue de nosotros, nena?” Grita a pleno pulmón. Romeo no se rinde y a pesar del frío que le quema, sigue cantando su estúpida serenata.
Y Julieta, que no puede ignorarle más, le mira con pena y le dice que no puede asustar a la gente así, que no debería estar allí.  Le recomienda tragarse sus letras y esconder sus melodías.

“¿Quién es ese Romeo?” Le preguntan sus amigas. Julieta no quiere dar explicaciones, ni quiere recordar tiempos mejores. Quizá también sienta vergüenza o quizá es simple cobardía pero el caso es que contesta: “¿Romeo? Sí, uno más con el que estuve…” Sabe en el fondo que esas siete palabras no bastan ni para describir la milésima parte de Romeo.

“¿Solo uno más? No mientas, Julieta. Los dados estaban trucados desde un principio. Tú y yo estábamos destinados. Cuando cambiamos las pieles, cuando memorizaba tus poros, solías llorar. Yo te decía que te quería, tanto o más que las estrellas del cielo. Te decía que te amaría hasta que muriera. Sí, he olvidado la canción de la película, lo siento. Pero estallaste en mi corazón Julieta, y te quiero. No puedo ser solo uno más.”

Romeo está enfermo de amor. Entristece a su público con sus acordes de suicida y su aire de poeta. Hasta a Julieta le brillan los ojos. En sus oídos resuena su “estamos destinados” pero ella lee entre líneas y entiende que estaban condenados, que suena mucho peor. Julieta está fría como el hielo, y no puede resquebrajarse. Tiene que ser fuerte y por eso cierra sus oídos, sus ojos y su corazón cuando Romeo grita: “¿Qué fue de nosotros, nena?”

Julieta se marcha, ambos andan por calles diferentes. Calles sucias, vulgares. A su paso, ella va dejando gotas de agua y él, un jardín de corcheas.  No saben que el sino juega con ellos. No saben nada, ni siquiera del amor. Desconocen que andan al mismo tiempo, que adelantan el mismo pie y que miran al mismo punto. Que tienen los mismos anhelos. Romeo sigue cantando, ahoga sus penas en gritos y se intenta liberar de los pesos que lleva acarreando desde hace años. Julieta oye su canción en su propia calle y siente ganas de llorar, de romperse de una vez. Pero se dice que debe olvidarle. Se convence de que solo fue uno más, solo uno más. Y cuando creía que lo había conseguido, se acuerda de aquella película, la que siempre veían en las tardes de lluvia.

Julieta empieza a correr huyendo de fantasmas y se choca de frente con Romeo, en una gran avenida donde confluían ambas calles.

“Déjalo ya, Romeo. ¿No te das cuenta de lo que pasa? ¿No entiendes que ya no hay nada? Romeo…”

Romeo, que ha velado todas las pesadillas de Julieta y ha soñado sus mismos sueños, Romeo que había soñado por ella, Romeo, que habría muerto por ella, el que se había creído sus promesas, ese mismo Romeo, el que cree en la teoría de Cinema Paradiso y en la insistencia del corazón, canta:

“Julieta, sé que no lo dices en serio. Sé que no soy uno más. Sé que no tengo porte de modelo ni alma de poeta. Sé, que aunque lo intente, no  tengo ni idea de cómo escribir una buena canción de amor. No puedo hacerlo todo, pero sin duda, lo haría todo por ti. No puedo hacerlo todo, excepto estar enamorado de ti. ¿Recuerdas aquellos momentos juntos? Julieta, mírame, solo soy un hombre que intenta besarte los versos. Sé que recuerdas la canción de aquella película de las tardes lluviosas. Y del nombre del director. Hasta del apellido de aquel actor que hablaba sobre lo superficial de la vida y lo bonito de las mentiras.”

Y Julieta lo recordaba. Julieta entendía, sabía todo de lo que estaba hablando. Conocía de memoria ése monólogo de aquel actor. Tenía grabado cada línea en su piel.

Romeo ya no canta ninguna canción de amor. No hay focos, ni público. Solo una silueta abrazada, que se recorta contra la luz de la luna.


Romeo y Julieta están condenados al desastre. Romeo y Julieta están destinados y malditos. Así que se dicen que se aman y que lo harán hasta que mueran, que se querrán como las estrellas del cielo. Al fin y al cabo, nadie conoce como ellos lo bonito de las mentiras. 



viernes, 4 de julio de 2014

Life is easy with eyes closed.

<<¿Qué coño pasa?>> piensa adormilada, la dulce y gentil princesa. Alguien le está zarandeando y le dice que se despierte. La princesa gruñe y se revuelve; no quiere hacerlo, pero tanto movimiento la está empezando a hartar. Se decide por hacer algo que no ha hecho en mucho tiempo: abre los ojos.


Lo primero que ve es a un hombre. Bueno, quizá llamarlo hombre está de más, porque es tan bello y con unos rasgos tan delicados que parece una muchachita. No lleva barba y huele a rosas. La princesa comprende que es él quien le ha despertado.

—¡Bendito sea el señor! Por fin despertásteis, mi señora. —tiene una voz muy dulce y algo aguda—. ¡He venido a rescataros y a llevaros a vuestro reino!

—¿Y quién os ha pedido hacerlo? ¿No sabéis acaso que es de mala educación entrar sin permiso en los aposentos de una dama y despertarla tan bruscamente?— exclama la princesa, de mal humor. No le gusta madrugar—. A propósito, ¿quién sois vos?

—Mi nombre es Felipe Bleu, del reino de la Nube Negra, el primero de su nombre, heredero del Rey Hurberto, dotado de la Espada de la Virtud y el Escudo de la Verdad y apodado el Príncipe Azul.

A partir de 'mi nombre', la princesa ha dejado de escuchar.

—Ya, ya, pero ¿qué hacéis aquí?

—Como ya he dicho, vengo a llevaros a vuestro reino. Bueno, nuestro reino.

—¿Nuestro?

—Veréis mi señora, desde que estuve presente en la celebración de vuestro nacimiento, he estado enamorado de vos. Yo apenas tenía siete años y vos no érais más que una niña recién nacida, pero a partir de ahí mi mente solo pensaba en vos y mi oídos solo escuchaban vuestro nombre en el viento. Siempre supe que algún día estaríamos juntos. Sin embargo—hace una pausa dramática—, cuando caísteis bajo el hechizo de Maléfica, vuestro padre prometió vuestra mano a quien os salvara. No podía quedarme de brazos cruzados mientras vos érais prisionera, y con la promesa de una vida juntos, partí en pos de vos.

La cabeza de la princesa está a punto de estallar. <<Sospecho que éste ama más la riqueza de mi padre que mi persona; aunque claro, si fuera yo un hombre las cosas serían bien distintas.>> piensa.

—Yo no era prisionera de nadie. Le dije a Maléfica que quería dormir y le hice prometer que nadie me despertaría.

El príncipe se queda anonadado.

—¿Cómo? Todos pensábamos...

—No, no pensásteis. Mi señor, os agradezco el esfuerzo realizado, pero no requiero de salvación alguna. Podéis marcharos. 

—¡Pero os amo! —dice desesperado el príncipe, que además de tener más pluma que un faisán, es un poco tonto—. Una mujer tan hermosa como vos no puede malgastar su vida durmiendo.

—Primero, mi señor, no me amáis. Dejad de mentiros y buscad a un buen mozo que soporte vuestros ademanes y aspavientos. Segundo, ésta es la vida que he elegido yo. Vivir es más fácil con los ojos cerrados. Hay demasiada miseria en el mundo y la vida es tan injusta... Prefiero soñar.

—Eso no es vida —dice fríamente el príncipe, que al parecer le ha herido en su orgullo —, pero haced lo que os plazca.

Antes de que se marche, la princesa le pide un favor:

—Decidle a Maléfica que no quiero que me despierten.

—La he matado.

—Lo que faltaba. —la princesa se recuesta en la cama con un gruñido. No está de humor para príncipes azules encantadores y menos a esas horas de la mañana.




                                                                                              Ya está haciendo zetas.

martes, 17 de junio de 2014

Acrofobia.

Él tenía miedo a las alturas. Desde siempre. Odiaba el vértigo y el nudo en la garganta que se le formaba cuando miraba al vacío. La sensación de que se quedaba sin aire, de que era su propio fin... no lo soportaba. Cuando la conoció, no solo tuvo todos esos síntomas, si no que además, los sufrió de golpe que era de la peor manera en la que se puede conocer el amor (o al menos para él). 
Se le revolvía el estómago cuando el viento revolvía el cabello de ella y lo hacía ondear como una bandera. Solo de pensar lo que se debe sentir al estar colgado desde el extremo de un asta a merced del viento... Era incapaz de mirar sus caderas sin imaginarse montañas tan elevadas como los sueños mismos, con curvas imposibles e inabarcables para su mente de acrófobo. Pasear la vista por sus largas piernas le sumía en un sudor frío porque evocaba acantilados rectos y lisos incapaces de ser escalados. Y mirarla a los ojos... Si alguien le hubiera preguntado de qué color era su mirada habría respondido que: "del color del vacío" porque era con lo que lo asociaba. Cuando ella le miraba, él tenía que fijar su vista en otro sitio y aún así notaba como si la muerte misma le estuviera observando. Sabía que enamorase de ella sería su perdición.
Y cansado de sentir miedo, de huir de su cuerpo y de marearse con su mirada, tomó una decisión radical.
Y optó por saltar al vacío de sus ojos y dejarse abrazar por el abismo.

sábado, 14 de junio de 2014

Reseña #1: Crónica del Asesino de Reyes.

Crónica del Asesino de Reyes es una trilogía ideada por Patrick Rothfuss que, por ahora consta de El nombre del viento y El temor de un hombre sabio (el último libro, que por lo visto va a llevar el título de Las puertas de Piedra, está en proceso de suspervisón y aún no ha sido publicado)

EL NOMBRE DEL VIENTO


Título original: The name of the wind.
Editorial: Plaza & Janés
Publicación: 2009
Traducción: Gemma Rovira.

Sinopsis:
He robado princesas a reyes agónicos. Incendié la ciudad de Trebon. He pasado la noche con Felurian y he despertado vivo y cuerdo. Me expulsaron de la Universidad a una edad a la que a la mayoría todavía no los dejan entrar. He recorrido de noche caminos de los que otros no se atreven a hablar ni siquiera de día. He hablado con dioses, he amado a mujeres y escrito canciones que hacen llorar a los bardos. 
"Me llamo Kvothe. Quizás hayas oído hablar de mi."

Opinión: Por si esta sinopsis aún no ha convencido a alguien, ahí va mi valoración. El nombre del viento, es solo el principio de una historia increíble. El protagonista se llama Kvothe y a pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibido, no puede escapar de su pasado. Así, empieza a narrar su vida desde sus inicios. La vida de un héroe, de un mendigo, de un bardo, de un ladrón. Cuando empiezas a leer este libro, sabes desde el primer momento si te va a gustar o no. Si te gusta, vas a ser incapaz de para de leer porque la manera de escribir de Rothfuss te atrapa a las dos palabras. No puedo ser muy objetiva porque tanto El nombre del viento como El temor de un hombre sabio son mis libros favoritos y por eso es porque los recomiendo. Y por si alguien aún duda, aquí pongo algunas de mis parte favoritas:


"Kvothe: —[...] debes recordar que soy Edena Ruh. Nosotros ya contábamos historias antes de que ardiera Caluptena. Antes de que hubiera libros donde escribir. Antes de que hubiera música que tocar. Cuando prendió el primer fuego, nosotros, los Ruh, estábamos allí contando historias en el círculo de su parpadeante luz."

"Kvothe: —Antes de empezar, dejadme decir una cosa. He relatado historias en el pasado, he pintado imágenes con palabras, he contado grandes mentiras y verdades aún más duras. Una vez le canté los colores a un ciego. Toqué durante siete horas, pero al final me dijo que los veía: verde, rojo y dorado. Creo que eso fue más fácil de lo que intento hacer ahora. Tratar de que la entendáis describiéndola solo con palabras. Vosotros nunca la habéis visto ni habéis oído su voz. No podéis entenderlo."

"La música es una amante orgullosa y temperamental. Si le dedicas el tiempo y la atención que se merece, es toda tuya. Pero si la desairas, llegará un día en que la llamarás y ella no contestará. "

EL TEMOR DE UN HOMBRE SABIO


Título original: The Wise Man's Fear.
Editorial: Plaza & Janés.
Publicación: 2011
Traducción: Gemma Rovira.
Sinopsis:
El hombre había desaparecido. El mito no. Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, trotamundos, héroe y asesino, Kvothe había borrado su rastro. Y ni siquiera ahora que le han encontrado, ni siquiera ahora que las tinieblas invaden los rincones del mundo, está dispuesto a regresar. Pero su historia prosigue, la aventura continúa, y Kvothe seguirá contándola para revelar la verdad tras la leyenda. 

Opinión: Si ya me gustó la primera parte, la segunda no podía ser menos. La historia de Kvothe continúa en la Universidad y poco a poco nos vamos adentrando cada vez más en su mundo. Acompañamos a Kvothe en sus viajes, en batallas y en su búsqueda de venganza. Así, nuestro héroe parte en pos del nombre del viento sin saber qué le deparará el futuro. Vemos los retazos del hombre que luego será el mago más importante de su época, una leyenda. Por más que lo intente, no voy a poder resumir toda esta obra como merece, así que solo puedo decir que la recomiendo tanto como el primer libro de la saga. Aquí van mis partes favoritas de este libro: 

"He oído lo que los poetas escriben sobre las mujeres. Componen rimas y rapsodias, y mienten. He visto a marineros en la orilla contemplando en silencio la lenta ondulación del mar. He visto a viejos soldados de corazón de cuero que derramaban lágrimas al ver los colores de su rey ondeando al viento. Creedme: esos hombre no saben nada del amor.
No lo encontraréis en las palabras de los poetas, ni en la mirada anhelante de los marineros. si queréis saber algo del amor, miradle las manos a un músico de troupe cuando toca un instrumento. Los músicos de troupe sí saben."

"—He oído hablar mucho de ti —dijo Wilem mirando a Devi—. Pensaba que serías más alta.
—Y ¿qué te ha parecido? —preguntó Devi con aspereza—. Lo de pensar, quiero decir."

"La mayoría de los secretos son secretos de la boca. Chismes compartidos y pequeños escándalos susurrados. Esos secretos ansían liberarse por el mundo. Un secreto de la boca es como una china metida en la bota. Al principio apenas la notas. Luego se vuelve molesta, y al final, insoportable. Los secretos de la boca crecen cuanto más los guardas, y se hinchan hasta presionar contra tus labios. Luchan para que los liberes.
Los secretos del corazón son diferentes. Son íntimos y dolorosos, y queremos, ante todo, escondérselos al mundo. No se hinchan ni presionan buscando una salida. Moran en el corazón, y cuanto más se los guarda, más pesados se vuelven."


martes, 3 de junio de 2014

Mi reino.

Decirles: Yo tuve un reino y lo llamé hogar. Y fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles. Una puta barbaridad.’ Escandar Algeet.

Yo una vez tuve un reino. Era muy pequeño, ínfimo. Y se encontraba en el fondo de sus ojos. Mi reino no tenía fin, pero era tímido. Era increíble.  Era asomarte a sus ojos para darte cuenta de que nunca habías visto nada igual. En mi reino, mi reino de sus ojos, el cielo era del más puro azul, un azul cálido, reconfortante. El azul de su iris. Siempre que la hacía reír, oía el sonido de mis gentes uniéndose a la carcajada en ascendente armonía. La quería como se puede querer el aire; respirándola. Necesitándola.

Éramos felices. Eran tiempos felices. Aprendí que no siempre tiene que haber una razón para sonreír. A veces, se sonríe y punto. Aprendí a arder con su fuego y a no apagarlo nunca. Aprendí las calles de mi reino, y el lugar exacto de mi castillo; esa motita oscura a la derecha de su pupila izquierda. La enseñé a desafinar como los ruiseñores y le mostré el camino para no volver.

Las estaciones de mi feudo no eran normales. Ella maduraba cada otoño. Se desnudaba y se deslizaba en el viento con las hojas. Se vestía de primavera para mí y atrapaba cualquier rayo de sol en sus pupilas y por eso, mi reino, siempre estaba iluminado. Olía el verano en las calles y saboreaba cada gramo de calor. Pero se solía quedar atrapada en los inviernos y hacía frío en mi castillo. Un frío que duraba demasiado.

A veces, ella lloraba. No cerca de mí, pero yo sé que lo hacía. Lloraba quizá, por recuerdos. Por otros hombres. Lloraba porque la vida le arañaba, por dentro y por fuera. Y otras veces, lloraba porque la vida no la dolía lo suficiente. Me mentía diciendo que no, que no había derramado una lágrima en mi ausencia. Pero mi reino, el reino de sus ojos, me decía lo contrario. Las calles, las esquinas, el asfalto se oxidaban cuando ella llovía.  Se desmenuzaban con solo mirar. El musgo se hacía hueco entre las baldosas y ladrillos de los edificios, pero yo cortaba las malas hierbas y reconstruía mi reino a base de caricias.

Hasta que un día, dejé de arder con su fuego y empecé a quemarme. Un día, dejó de reír, o por lo menos, de reír conmigo. Las canciones dieron paso a los gritos. Supimos que nunca, nunca, recordaríamos los caminos para no volver. Las lágrimas (de ella o mías) no me dejaban ver mi reino, el reino de sus ojos y lo que fuera antaño mi castillo, eran ya solo unas ruinas. El seísmo de la violencia reprimida, de la rabia sin consumir y toda esa mierda que solo causó derrumbamientos; todo eso, es lo que queda. Cenizas de hogueras que se me antojan extrañas. Ciudades sin asfaltar. Ruinas de un reino que fue mi hogar.

Un reino, que fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles. Una puta barbaridad.
                                                                       
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Solo quería decir que me he inspirado (un poco) en este texto/vídeo de Escandar Algeet para presentación de su libro Un invierno sin sol, el cual recomiendo mucho.