viernes, 30 de mayo de 2014

Just breathe.

Para ella, eso de que el amor está en el aire, no era una metáfora. Ella lo creía fervientemente. 


Por eso, cuando lo oyó respirar la primera vez que se conocieron, contuvo el aliento durante tanto tiempo, que parecían segundos. Casi se ahoga. 
Y cuando él empezó a reír, a ella casi le dio un ataque al corazón, porque se quedó maravillada al escuchar el aire que se escapaba de entre sus cuerdas vocales y transportaba ese sonido tan dulce. Juró no haber oído nunca algo tan bonito. Se prometió que en algún futuro, le haría estallar en carcajadas cada día. Y cumplió.
Se volvió adicta a su oxígeno y al viento que revolvía su cabello. Adoraba los suspiros entrecortados entre beso y beso. Para ellos, el amor había dejado de estar en el aire para instalarse en los pulmones y se manifestaba en cada inspiración a contratiempo. Fabricaban tormentas y por los aniversarios se regalaban huracanes.

Se amaban respirándose y lo harían hasta el último aliento.

domingo, 18 de mayo de 2014

Él tenía una fortaleza.

Era de cristal y cambiaba de color, dependiendo de la luz y del ángulo en que lo miraras. Era un castillo precioso, brillante, magnífico. Pero cuando ella llegó, bombardeó con sus miradas, lo volteó todo del revés con sus carcajadas y ardió en mil fuegos artificiales. Su fortaleza de cristal se fundió. Apenas quedó algo. Y comprendió que las ruinas también son preciosas.

Muérdago.

Loki nunca fue un niño querido. En realidad, el no había hecho nada, simplemente había nacido con la mala fortuna de ser bastardo. Sin embargo, notaba como la gente a su alrededor le miraba con pena, con compasión. Todos excepto su padre, que no le solía dedicar mirada alguna y cuando lo hacía, estaba cargada de desprecio. La madre de Loki era lo contrario al resto de las personas. Era la única que le trataba con el más absoluto cariño y le amaba de forma incondicional. Para Loki, su madre era el único ser sobre la faz de esa joven tierra por la que de verdad merecía la pena vivir. Por eso, nunca la criticó ni la pidió explicaciones sobre el paradero de su verdadero padre. 
Aún con todo, Loki ansiaba el aprecio de su padrastro. Intentaba imitarle en todo lo que podía y en hacerse lo suficientemente honorable como para merecer su respeto y su orgullo. Loki no veía que sus esfuerzos eran inútiles y que su padre no soportaba ver como ese desconocido que no compartía su sangre, se hacía llamar su hijo y ensuciaba el nombre de su casa. El padre de Loki sabía que la culpa era de su esposa y se lo reprochaba continuamente. Incontables veces eran las que le gritaba y la pegaba llevado por la furia. 
Loki no soportaba que nadie tocara a su madre, que era el único ser que amaba y por ello, un día no aguantó más y se revolvió contra su padrastro, defendiéndola. Él, iracundo, le pregunto: "¿cómo osas volverte contra la mano que te da de comer y te ha acogido durante tantos años? Desagradecido, no quiero que vuelvas a entrar a mi casa ni que te sigas haciendo llamar mi hijo." 
Así, Loki se tuvo que marchar dejando con todo el dolor de su corazón a su madre.

Odín, que según cuentan las leyendas, lo ve todo allá en el cielo, se apiadó de Loki, así que bajó  a la tierra y le ayudó. Loki sabía que había perdido a la única persona que de verdad le amaría y había sufrido en sus carnes el desprecio de los hombres, por lo que nunca llegó a confiar plenamente en Odín. Se volvió esquivo, callado, y acumulaba una gran cantidad de rabia y dolor en su interior. Su presencia se volvía cada día más y más oscura y todo a su alrededor parecía ensombrecerse. Odín quería ayudarle, así que en más de una ocasión lo llevó consigo  al Asgard donde conoció a muchos dioses del Æsir , y entre otros a Frigg. 

El amor que sintió Loki por Frigg fue casi instantáneo. Frigg era la diosa más hermosa aunque muchos decían que rivalizaba con Freyja. Sin embargo, Loki nunca tuvo dudas al respecto cuál era más bella. Frigg era una diosa amable, con una gracia natural que se manifestaba en su forma de hablar, comportarse y hasta incluso de respirar. Era buena con todos, pero además, miraba lo que la rodeaba con infinita ternura, incluso a Loki. Loki pensaba que se iba a volver loco de amor. Pasaba los días y las noches divagado sobre el color de su pelo y sobre el enigma de sus ojos, esos ojos que devolvían luz y hacían más bello lo que veían. Soñaba con su sonrisa y sus diferentes modalidades, memorizaba sus poros y enumeraba sus lunares. Loki adoraba a Frigg como su amor antes que como su diosa.

Cuando supo que Frigg era la esposa de Odín, todo el dolor que había ido acumulando desde que su padre le desterró, estalló. Comprendió que el amor era un sentimiento despreciable y la esperanza, aún más. Se juró así mismo que nunca querría a nadie tanto como a su madre o a Frigg porque sabía que lo único que conseguiría sería herirse más y más y si eso pasaba, las heridas nunca cerrarían. Y él, quería cicatrices. A partir de ese momento, decidió acabar con todo buen sentimiento que habitara en el mundo para que la gente conociera su pesar, su rabia, su furia y su tristeza.

Odín, no podía consentir que aquel que había sido su amigo y que se había convertido en un monstruo, continuara en el Asgard. Así que lo desterró como una vez hizo su padrastro. Loki se ocultó en las sombras mientras su odio acrecentaba cada vez más con el paso de los años y cualquier rastro de humanidad que quedara en él, iba desapareciendo.

Tiempo después, Frigg dio a luz a un niño al que llamaron Baldr. Frigg, que amaba a todas las cosas, quería con aun más intensidad si cabe, a su hijo. Por ello, queriéndolo proteger de cualquier mal, hizo prometer y jurar a todo ser viviente de la tierra que nunca jamás haría daño a su pequeño. 
Loki estaba enfermo de celos, porque veía en Baldr todo lo que no pudo tener. Baldr era adorado por todos, poseía unos padres que le querían y, para colmo contaba con una madre que siempre estaría con él. Así que Loki inició una búsqueda para hallar algo que pudiera herir al vástago de Odín, que tanto le ofendía. Buscó y buscó, pero como no encontraba nada, decidió preguntar a la propia Frigg. Para ello, se disfrazó de anciana. Cuando Loki volvió a ver a Frigg, sintió cómo algo en su pecho se estremecía y supo que aún la seguía amando lo que le enfureció aún más. Así, más resuelto a seguir con su plan, insistió a Frigg para que le dijera qué podía herir a su hijo. Frigg no consideraba a esa pobre anciana como una amenaza, así que le contó que, en un acto de ingenuidad, consideró que el muérdago, al ser tan pequeño e inofensivo, no necesitaría realizar el juramento. Por lo tanto, solo esta mínima planta podría hacer vulnerable a su pequeño.

Se celebraban fiestas en honor a Baldr y se creó un juego que consistía en lanzarle cosas porque ninguna le hacía daño. Aprovechando una de estas fiestas, Loki creó una flecha con una punta de muérdago y encandiló a Höðr, el hermano ciego de Baldr; para que le disparara. Esto causó la muerte del niño y sumió al mundo en un crudo invierno, el primero de la historia. Su madre desesperada por recuperarle, habló con la hija de Loki, Hela, para que le devolviera a su hijo de entre los muertos. Hela le dijo que lo haría en el caso de que todas las personas, animales y plantas lloraran su muerte. Dado que Baldr era muy querido, todo el mundo lloró. Todos, excepto una anciana giganta (que se cuenta que era Loki disfrazado) que se negó a hacerlo alegando que Baldr no había hecho nada por ella. Así, el joven dios pereció para siempre sumiendo en la tristeza a todas las cosas, tal y como había anhelado Loki.

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Otra versión de esta historia dice, que cuando Baldr fue herido, su madre oró día y noche para su recuperación. El amor y la voluntad de Frigg consiguieron salvarlo y ella, para que no volviera a ocurrir, hizo que todas las personas que pasaran por debajo del muérdago tuvieran que darse un beso. Así, se recordaría el daño que pudo haber causado Loki y cómo el amor había vencido. 


Loki, entre las sombras, llora en silencio. Piensa en la sonrisa de Frigg y enumera sus lunares.




(Basado en el mito del muérdago y en la mitología nórdica recogida en el Gesta Danorum)





viernes, 16 de mayo de 2014

Tiovivo.

Desde que era pequeña, recordaba el tiovivo. Siempre le había gustado, esos colores, esas luces, el sonido de la gente, lo niños nerviosos a la espera de su entrada, los padres que saludaban a sus hijos mientras giraban...

Le encantaba, además, esa sensación de vértigo que le recorría cuando daba vueltas a mucha velocidad y todo su alrededor se emborronaba. 
Sus padres la solían llevar, pero la figura que la niña asociaba a esta atracción era la de su tío. Era un hombre muy delgado, calvo excepto por los lados de su cabeza formando una especie de corona plateada. Era moreno, y tenía algún lunar y manchas en la piel. Apenas oía, así que casi siempre sonreía a todo lo que le decías. Suponía la niña que porque consideraba que todo lo que le decían eran buenas noticias. La muchacha casi siempre tenía que gritar "tío, vamos al tiovivo" para que la escuchara. Aunque muchas veces, era él mismo quien la ofrecía llevarla. No había ningún lazo fuerte que los atara. Apenas hablaban porque en el fondo, su tío estaba anclado de alguna manera al pasado y ella, solo miraba al futuro. Pero siempre compartieron esos momentos. Se avisaban mutuamente cuando alguna feria llegaba a la ciudad y sin casi decirse una palabra ya sabían que pronto tendrían que dedicar una tarde para ir.

Llegaban al tiovivo y a pesar del frío que hiciera, esperaban pacientemente en la cola, y esperaban pacientemente a que la atracción se pusiera en movimiento y él esperaba pacientemente mientras veía a su sobrina desaparecer y reaparecer en un caballo negro o azul o blanco, qué más le daba. Veía su felicidad y sonreía al ver cómo saludaba y le decía "Tío, mírame. ¡Hola, tío, estoy aquí!"

Pero ella creció y consideró que los niños grandes ya no se montan en tiovivos. Creció y aparecieron los problemas, las responsabilidades, las elecciones, los días de salir y de volver. Dejó aparcado el tiovivo y se fue olvidando de él. El mundo fue poco a poco absorbiéndola. Seguía manteniendo la relación con su tío, es cierto, pero él cada vez envejecía más rápido. En las reuniones le oía hablar de cosas sin sentido, divagar... Los años se estaban cobrando su cordura. Ella no lo dio importancia, tenía otras cosas en las que pensar.

Cuando su tío murió, ella no estaba presente. Se lo dijeron unos días después. No lloró, al fin y al cabo, nunca había tenido mucha relación con él. En realidad, él no sabía casi nada de ella y viceversa. Nunca se habían interesado el uno por el otro. No lloró, pero lo sintió profundamente. 

Y lo días en que la vida parece que va a acabar con ella, cuando piensa que no puede más, agotada, recuerda tiempos en los que iba de la mano de su tío, caminando, buscando lo único que les unía. Recuerda el frío de diciembre y el calor de las vueltas. 
Y se arrepiente de no haber dicho al menos una última vez: "tío, vamos al tiovivo".

lunes, 12 de mayo de 2014

Wonderwall.

Nunca lo vio tal y como debía. Cuando lo conoció no tenía ni idea de lo que acabaría ocurriendo. Lucas había estado a su lado desde siempre. Cada recuerdo estaba plagado de él de un modo u otro. Cada vez que se giraba, cada vez que necesitaba ayuda, cada vez que se encontraba sola, aparecía Lucas, como si fuera un milagro. Su presencia se había convertido en algo parecido a una extremidad más de ella; le era imposible imaginar una vida con su ausencia, pero tampoco valoraba su presencia. 

Ella siempre creyó en amores fugaces con los que pedir deseos, siempre soñó con bailar en la luna y siempre quiso cantar bajo una lluvia de estrellas. Se alimentaba de ilusiones sin darse cuenta de que lo que la mantenía viva era la realidad. Y claro, no soportaba que Lucas le hablara de responsabilidades ni de obligaciones. Se enfadaba con él por ser tan cuadriculado y dejar tan poco espacio a la imaginación. Le asfixiaba que le recordara que no podía volar, que no sabía bailar y que, mucho menos, sabía cantar. 

Ella tendía a compartir sus sueños con quienes pensaba que la comprendían. Solía confiar su corazón a cualquiera y compartía secretos casi antes de presentarse. Se la podía enamorar con un ramo de flores, con una canción susurrada o con un cuento con final abierto, de esos que tanto le gustaban. Era un espíritu libre, tanto, que apenas se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. De como poco a poco la vida le iba cortando las alas. 

Cuando esto sucedía, llamaba a Lucas, aunque a veces no hacía falta porque un sexto sentido casi siempre le avisaba de cuando algo iba mal. Lloraba con él, lloraban juntos. Lucas sabía que era una pérdida de tiempo intentar animarla y que lo único que podía hacer era compartir su dolor y cargar con su frío para írselo quitando poco a poco.  Lucas nunca decía nada, no se quejaba,  pero cada vez tenía que poner más alta la calefacción de su piso. Consideraba que su problemas no era importantes, sentía la necesidad de solucionar primero los de ella antes que los suyos propios. Él pensaba que estaría dispuesta a ayudarle en cualquier otro momento. Pero claro, Lucas no pedía ayuda y ella estaba demasiado ciega como para darse cuenta de qué andaba mal. No era capaz de saber si Lucas se estaba congelando o no. 

Hasta que un día, ella, llorando por un amor perdido o por haberse cortado con un sueño roto —quién sabe— abrazó a Lucas y descubrió que estaba tan helado que apenas se movía. Entonces lo miró, como si fuera la primera vez que lo veía, como si nunca antes hubiera estado junto a él, ni le hubiera abrazado, lo miró no como una parte más de ella misma, si no como alguien completamente distinto que estaba lleno de sufrimiento. Lucas la miró con unos ojos que casi la hacen llorar más y por un momento se olvidó de sus propios problemas y decidió ahogarse en los de él, porque si se iban a hundir, quería que lo hicieran juntos.

Y descubrió, que las estrellas que más brillan no son siempre las más grandes, y comprendió que ella tenía al más luminoso lucero del firmamento y que por su culpa, se estaba apagando. Y le dijo: <<Puede que seas tú quien me vaya a salvar. (And after all, you're my wonderwall). Pero esta vez, soy yo quien no dejará que te vuelvas invierno>> Y prendió las cerillas y reavivó el fuego. Un fuego, que arde todavía.


And all the lights that light the way are blinding.



viernes, 9 de mayo de 2014

Save me.

Siempre me han dicho que no te creyera. Que no eras lo conveniente para mí. Que me harías sufrir. Nunca supe hasta qué punto tenían razón. Sé que me oyes, aunque no abras los ojos. Sé que entiendes de lo que hablo aunque no te muevas ni respires. Si me miraras ahora, me verías sujetando esas cartas. Sí, ésas. Las encontré el otro día mientras se llevaban todas tus cosas del piso. No lloré ¿sabes? Pensaba que no me quedaban más lágrimas después de esta última semana. Hasta que ayer empecé a leer estas líneas que están entre mis manos.


Últimamente estoy muy melancólica. No paro de revivir viejos tiempos. ¿Recuerdas cuando fuimos a Italia? ¿y cuando estuvimos en Lisboa? Yo sí. No pienso en otra cosa, quizá porque en esos días éramos felices y quiero guardarte en la memoria así, con una sonrisa que brillaba en esos ojos tuyos que siempre creí que eran míos. Acordarme de ti y de las canciones que me cantabas al oído en el hotel. De tus desastres cuando te pedía que fueras a comprar algo y acababas trayendo otra cosa completamente distinta. No te lo he dicho nunca, pero sigo guardando esa pequeña bola de cristal que contiene la Torre Eiffel dentro. La tengo escondida al final del cajón donde tengo todas las fotos de nuestros viajes. Nunca te gustó mucho la fotografía, ¿eh?

Pero también evoco otros momentos. Ayer me sorprendí rememorando nuestros comienzos. Empezamos tan bien. Éramos la pareja perfecta, eso nos decían. Tantas personas nos envidiaban... ¿Qué nos pasó? Los años, me respondo cada vez que me asalta esa duda. Estaba —y estoy, a mi pesar— muy enamorada de ti. Eres esa clase de personas que eclipsan al sol solo con abrir los ojos. Adoraba buscar rayos de luz entre tu pelo y dejarme envolver por esa brisa cálida que siempre te acompaña, como si fueras parte del viento. Al principio, creía que era así, y que era por eso por lo que siempre hablabas de viajar a otros lugares y experimentar cosas nuevas. Muchas veces creí, ingenua de mí, que eras mío, pero eras un espíritu libre. Lo malo es que yo sí que era tuya en cuerpo y alma. Cuánto te he amado. Cuánto he llorado.

Todos estos años junto a ti, velando tus pesadillas, preparándote café por las mañanas. Tanto tiempo gritando contigo y contra ti. Todas las veces que te pedí que ordenaras tu escritorio, todas la veces que tú te negabas, todo ese desorden que te acompañaba y que me había acostumbrado a él... ¿para nada? ¿no significaron nada para ti? Deseo que pudieras hablarme, de verdad que sí. Podrías explicarme todas estas mentiras. "Te amaré hasta que muera" ¿recuerdas?
Dios mío, te echo de menos a pesar de todo... Me has dejado sola y ahora no puedo plantarle cara a la vida. Soy incapaz de mirarme en un espejo. No me acostumbro a este reflejo mío desde que no estás. ¿Te das cuenta de lo que has hecho conmigo?

No te voy a mentir. Ahora que estás pero no estás creo que debo sincerarme. Siempre sospeché de una <<ella>>. No te preocupes, no fue por ninguna pista, tú fuiste muy cuidadoso, la verdad. Lo sospechaba porque algo tan maravilloso como tú no podría estar con alguien como yo. El viento no se puede quedar en un único lugar. Sin embargo, ayer leí todas esas cartas y todo se volvió más claro y más oscuro a la vez. Por un lado estaba ardiendo de rabia, pero por otro creía que me iba a congelar.  Las he leído todas, pero creo que voy a ser incapaz de volverlo hacer, porque las lágrimas lo han emborronado todo, lo siento. Aún así, las voy a guardar y me voy a imaginar que iban dirigidas a mí, que a quién querías con locura era a mí, que perdías la cabeza por mis caderas y no por las de ella. No la conozco, hiciste bien en no mencionar nombres en las cartas. Tampoco quiero conocer su identidad.

Pero lo que más me duele, es que yo sí te amé. Y lo seguiría haciendo en otras vidas. No sé hasta qué punto adorabas a tu amante, pero la que ha estado visitándote todos estos días en el hospital, la que ha dormido en una silla a la lado de tu cama, la que está sujetando tu mano mientras te vas, soy yo. ¿Por qué ahora? No soporto la idea de perderte para siempre. No creo que te perdone nunca que me abandones. Fui la mujer más feliz del mundo viviendo de tus promesas, riendo tus bromas, llorando tus lágrimas. Incluso ahora, la habitación de este hospital parece más iluminada por el secreto de tus cabellos que nunca entendí. Te quise con todos tus enigmas y nunca te los cuestioné. ¿Para qué? Siempre me gustaron las interrogaciones y la entonación de las preguntas.

¿Sabes? El otro día estaba viendo ese programa de televisión que tanto nos gustaba criticar. Me volví para hablarte de la fea chaqueta del presentador y me entraron ganas de llorar al ver un hueco vacío a mi lado. Esto no es fácil para mí y ahora con las cartas... Siento como si no tuviera corazón y en mi pecho solo hubiera un témpano de hielo. Presiento un invierno muy largo y duro. Era de esperar, ya que mi primavera se está muriendo en esta habitación. 

¿Sin ti, qué viento me va a empujar para que siga caminando? No puedo plantarle cara a la vida. No sabes cuánto te he amado, no tienes ni puta idea de lo que he llorado... Sé que las próximas noches voy a dormir llorando por cada mentira. Por tu "te amaré hasta que muera". 

Sálvame, por favor. Sálvame.





jueves, 8 de mayo de 2014

"Porque tú nunca serás mía, y por eso te tendré para siempre" Paulo Coelho.

¿Qué es lo que tiene lo inalcanzable para que sea tan atractivo? ¿Por qué nos enamoramos de imposibles? Porque de algún modo nos pertenecen.

Ansiamos ideas, perfecciones, ilusiones... que están prácticamente al alcance de nuestros dedos, pero sabemos que nos tendremos que contentar con rozarlos. Y lo queremos así. Vivimos de eso, de esperanzas, de futuros muy poco probables pero muy deseados. Nos alimentamos de imaginaciones, de mirar por la ventana y organizar la vida que nunca podremos tener. Nos gusta lo etéreo, lo subreal, lo intangible. Somos depredadores de nieblas y de rayos de luz. Luchamos por fantasmas y espectros de algo que falsamente creemos que nos completará.

Nos afanamos en la búsqueda de la felicidad sin darnos cuenta que la propia búsqueda nos hace felices. Pensamos que lo que deseamos son estrellas lejanas pero lo que de verdad nos gusta es poder decir: '¿Ves esa de allí, la que brilla tanto? Es mía, y algún día la tendré en mis manos.' Pero cuando tocas tu estrella, cuando la tienes tan cerca que puedes olerla, deja de ser tuya.

La felicidad es una ilusión, y por eso, es nuestra mientras no lo sea.

Tous les soleils.


"Todos los soles,
al amanecer,
siguen un poco dormidos, 
aletargados, indolentes. 
Se mofan del fuego del día que les espera; 
del rostro de los hombres, de la muerte y de la guerra. 
Todos los soles, al amanecer, 
son como niños grandes, 
que se burlan del tiempo." Silencio de amor.