viernes, 9 de mayo de 2014

Save me.

Siempre me han dicho que no te creyera. Que no eras lo conveniente para mí. Que me harías sufrir. Nunca supe hasta qué punto tenían razón. Sé que me oyes, aunque no abras los ojos. Sé que entiendes de lo que hablo aunque no te muevas ni respires. Si me miraras ahora, me verías sujetando esas cartas. Sí, ésas. Las encontré el otro día mientras se llevaban todas tus cosas del piso. No lloré ¿sabes? Pensaba que no me quedaban más lágrimas después de esta última semana. Hasta que ayer empecé a leer estas líneas que están entre mis manos.


Últimamente estoy muy melancólica. No paro de revivir viejos tiempos. ¿Recuerdas cuando fuimos a Italia? ¿y cuando estuvimos en Lisboa? Yo sí. No pienso en otra cosa, quizá porque en esos días éramos felices y quiero guardarte en la memoria así, con una sonrisa que brillaba en esos ojos tuyos que siempre creí que eran míos. Acordarme de ti y de las canciones que me cantabas al oído en el hotel. De tus desastres cuando te pedía que fueras a comprar algo y acababas trayendo otra cosa completamente distinta. No te lo he dicho nunca, pero sigo guardando esa pequeña bola de cristal que contiene la Torre Eiffel dentro. La tengo escondida al final del cajón donde tengo todas las fotos de nuestros viajes. Nunca te gustó mucho la fotografía, ¿eh?

Pero también evoco otros momentos. Ayer me sorprendí rememorando nuestros comienzos. Empezamos tan bien. Éramos la pareja perfecta, eso nos decían. Tantas personas nos envidiaban... ¿Qué nos pasó? Los años, me respondo cada vez que me asalta esa duda. Estaba —y estoy, a mi pesar— muy enamorada de ti. Eres esa clase de personas que eclipsan al sol solo con abrir los ojos. Adoraba buscar rayos de luz entre tu pelo y dejarme envolver por esa brisa cálida que siempre te acompaña, como si fueras parte del viento. Al principio, creía que era así, y que era por eso por lo que siempre hablabas de viajar a otros lugares y experimentar cosas nuevas. Muchas veces creí, ingenua de mí, que eras mío, pero eras un espíritu libre. Lo malo es que yo sí que era tuya en cuerpo y alma. Cuánto te he amado. Cuánto he llorado.

Todos estos años junto a ti, velando tus pesadillas, preparándote café por las mañanas. Tanto tiempo gritando contigo y contra ti. Todas las veces que te pedí que ordenaras tu escritorio, todas la veces que tú te negabas, todo ese desorden que te acompañaba y que me había acostumbrado a él... ¿para nada? ¿no significaron nada para ti? Deseo que pudieras hablarme, de verdad que sí. Podrías explicarme todas estas mentiras. "Te amaré hasta que muera" ¿recuerdas?
Dios mío, te echo de menos a pesar de todo... Me has dejado sola y ahora no puedo plantarle cara a la vida. Soy incapaz de mirarme en un espejo. No me acostumbro a este reflejo mío desde que no estás. ¿Te das cuenta de lo que has hecho conmigo?

No te voy a mentir. Ahora que estás pero no estás creo que debo sincerarme. Siempre sospeché de una <<ella>>. No te preocupes, no fue por ninguna pista, tú fuiste muy cuidadoso, la verdad. Lo sospechaba porque algo tan maravilloso como tú no podría estar con alguien como yo. El viento no se puede quedar en un único lugar. Sin embargo, ayer leí todas esas cartas y todo se volvió más claro y más oscuro a la vez. Por un lado estaba ardiendo de rabia, pero por otro creía que me iba a congelar.  Las he leído todas, pero creo que voy a ser incapaz de volverlo hacer, porque las lágrimas lo han emborronado todo, lo siento. Aún así, las voy a guardar y me voy a imaginar que iban dirigidas a mí, que a quién querías con locura era a mí, que perdías la cabeza por mis caderas y no por las de ella. No la conozco, hiciste bien en no mencionar nombres en las cartas. Tampoco quiero conocer su identidad.

Pero lo que más me duele, es que yo sí te amé. Y lo seguiría haciendo en otras vidas. No sé hasta qué punto adorabas a tu amante, pero la que ha estado visitándote todos estos días en el hospital, la que ha dormido en una silla a la lado de tu cama, la que está sujetando tu mano mientras te vas, soy yo. ¿Por qué ahora? No soporto la idea de perderte para siempre. No creo que te perdone nunca que me abandones. Fui la mujer más feliz del mundo viviendo de tus promesas, riendo tus bromas, llorando tus lágrimas. Incluso ahora, la habitación de este hospital parece más iluminada por el secreto de tus cabellos que nunca entendí. Te quise con todos tus enigmas y nunca te los cuestioné. ¿Para qué? Siempre me gustaron las interrogaciones y la entonación de las preguntas.

¿Sabes? El otro día estaba viendo ese programa de televisión que tanto nos gustaba criticar. Me volví para hablarte de la fea chaqueta del presentador y me entraron ganas de llorar al ver un hueco vacío a mi lado. Esto no es fácil para mí y ahora con las cartas... Siento como si no tuviera corazón y en mi pecho solo hubiera un témpano de hielo. Presiento un invierno muy largo y duro. Era de esperar, ya que mi primavera se está muriendo en esta habitación. 

¿Sin ti, qué viento me va a empujar para que siga caminando? No puedo plantarle cara a la vida. No sabes cuánto te he amado, no tienes ni puta idea de lo que he llorado... Sé que las próximas noches voy a dormir llorando por cada mentira. Por tu "te amaré hasta que muera". 

Sálvame, por favor. Sálvame.





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