viernes, 16 de mayo de 2014

Tiovivo.

Desde que era pequeña, recordaba el tiovivo. Siempre le había gustado, esos colores, esas luces, el sonido de la gente, lo niños nerviosos a la espera de su entrada, los padres que saludaban a sus hijos mientras giraban...

Le encantaba, además, esa sensación de vértigo que le recorría cuando daba vueltas a mucha velocidad y todo su alrededor se emborronaba. 
Sus padres la solían llevar, pero la figura que la niña asociaba a esta atracción era la de su tío. Era un hombre muy delgado, calvo excepto por los lados de su cabeza formando una especie de corona plateada. Era moreno, y tenía algún lunar y manchas en la piel. Apenas oía, así que casi siempre sonreía a todo lo que le decías. Suponía la niña que porque consideraba que todo lo que le decían eran buenas noticias. La muchacha casi siempre tenía que gritar "tío, vamos al tiovivo" para que la escuchara. Aunque muchas veces, era él mismo quien la ofrecía llevarla. No había ningún lazo fuerte que los atara. Apenas hablaban porque en el fondo, su tío estaba anclado de alguna manera al pasado y ella, solo miraba al futuro. Pero siempre compartieron esos momentos. Se avisaban mutuamente cuando alguna feria llegaba a la ciudad y sin casi decirse una palabra ya sabían que pronto tendrían que dedicar una tarde para ir.

Llegaban al tiovivo y a pesar del frío que hiciera, esperaban pacientemente en la cola, y esperaban pacientemente a que la atracción se pusiera en movimiento y él esperaba pacientemente mientras veía a su sobrina desaparecer y reaparecer en un caballo negro o azul o blanco, qué más le daba. Veía su felicidad y sonreía al ver cómo saludaba y le decía "Tío, mírame. ¡Hola, tío, estoy aquí!"

Pero ella creció y consideró que los niños grandes ya no se montan en tiovivos. Creció y aparecieron los problemas, las responsabilidades, las elecciones, los días de salir y de volver. Dejó aparcado el tiovivo y se fue olvidando de él. El mundo fue poco a poco absorbiéndola. Seguía manteniendo la relación con su tío, es cierto, pero él cada vez envejecía más rápido. En las reuniones le oía hablar de cosas sin sentido, divagar... Los años se estaban cobrando su cordura. Ella no lo dio importancia, tenía otras cosas en las que pensar.

Cuando su tío murió, ella no estaba presente. Se lo dijeron unos días después. No lloró, al fin y al cabo, nunca había tenido mucha relación con él. En realidad, él no sabía casi nada de ella y viceversa. Nunca se habían interesado el uno por el otro. No lloró, pero lo sintió profundamente. 

Y lo días en que la vida parece que va a acabar con ella, cuando piensa que no puede más, agotada, recuerda tiempos en los que iba de la mano de su tío, caminando, buscando lo único que les unía. Recuerda el frío de diciembre y el calor de las vueltas. 
Y se arrepiente de no haber dicho al menos una última vez: "tío, vamos al tiovivo".

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