lunes, 12 de mayo de 2014

Wonderwall.

Nunca lo vio tal y como debía. Cuando lo conoció no tenía ni idea de lo que acabaría ocurriendo. Lucas había estado a su lado desde siempre. Cada recuerdo estaba plagado de él de un modo u otro. Cada vez que se giraba, cada vez que necesitaba ayuda, cada vez que se encontraba sola, aparecía Lucas, como si fuera un milagro. Su presencia se había convertido en algo parecido a una extremidad más de ella; le era imposible imaginar una vida con su ausencia, pero tampoco valoraba su presencia. 

Ella siempre creyó en amores fugaces con los que pedir deseos, siempre soñó con bailar en la luna y siempre quiso cantar bajo una lluvia de estrellas. Se alimentaba de ilusiones sin darse cuenta de que lo que la mantenía viva era la realidad. Y claro, no soportaba que Lucas le hablara de responsabilidades ni de obligaciones. Se enfadaba con él por ser tan cuadriculado y dejar tan poco espacio a la imaginación. Le asfixiaba que le recordara que no podía volar, que no sabía bailar y que, mucho menos, sabía cantar. 

Ella tendía a compartir sus sueños con quienes pensaba que la comprendían. Solía confiar su corazón a cualquiera y compartía secretos casi antes de presentarse. Se la podía enamorar con un ramo de flores, con una canción susurrada o con un cuento con final abierto, de esos que tanto le gustaban. Era un espíritu libre, tanto, que apenas se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor. De como poco a poco la vida le iba cortando las alas. 

Cuando esto sucedía, llamaba a Lucas, aunque a veces no hacía falta porque un sexto sentido casi siempre le avisaba de cuando algo iba mal. Lloraba con él, lloraban juntos. Lucas sabía que era una pérdida de tiempo intentar animarla y que lo único que podía hacer era compartir su dolor y cargar con su frío para írselo quitando poco a poco.  Lucas nunca decía nada, no se quejaba,  pero cada vez tenía que poner más alta la calefacción de su piso. Consideraba que su problemas no era importantes, sentía la necesidad de solucionar primero los de ella antes que los suyos propios. Él pensaba que estaría dispuesta a ayudarle en cualquier otro momento. Pero claro, Lucas no pedía ayuda y ella estaba demasiado ciega como para darse cuenta de qué andaba mal. No era capaz de saber si Lucas se estaba congelando o no. 

Hasta que un día, ella, llorando por un amor perdido o por haberse cortado con un sueño roto —quién sabe— abrazó a Lucas y descubrió que estaba tan helado que apenas se movía. Entonces lo miró, como si fuera la primera vez que lo veía, como si nunca antes hubiera estado junto a él, ni le hubiera abrazado, lo miró no como una parte más de ella misma, si no como alguien completamente distinto que estaba lleno de sufrimiento. Lucas la miró con unos ojos que casi la hacen llorar más y por un momento se olvidó de sus propios problemas y decidió ahogarse en los de él, porque si se iban a hundir, quería que lo hicieran juntos.

Y descubrió, que las estrellas que más brillan no son siempre las más grandes, y comprendió que ella tenía al más luminoso lucero del firmamento y que por su culpa, se estaba apagando. Y le dijo: <<Puede que seas tú quien me vaya a salvar. (And after all, you're my wonderwall). Pero esta vez, soy yo quien no dejará que te vuelvas invierno>> Y prendió las cerillas y reavivó el fuego. Un fuego, que arde todavía.


And all the lights that light the way are blinding.



No hay comentarios:

Publicar un comentario