martes, 3 de junio de 2014

Mi reino.

Decirles: Yo tuve un reino y lo llamé hogar. Y fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles. Una puta barbaridad.’ Escandar Algeet.

Yo una vez tuve un reino. Era muy pequeño, ínfimo. Y se encontraba en el fondo de sus ojos. Mi reino no tenía fin, pero era tímido. Era increíble.  Era asomarte a sus ojos para darte cuenta de que nunca habías visto nada igual. En mi reino, mi reino de sus ojos, el cielo era del más puro azul, un azul cálido, reconfortante. El azul de su iris. Siempre que la hacía reír, oía el sonido de mis gentes uniéndose a la carcajada en ascendente armonía. La quería como se puede querer el aire; respirándola. Necesitándola.

Éramos felices. Eran tiempos felices. Aprendí que no siempre tiene que haber una razón para sonreír. A veces, se sonríe y punto. Aprendí a arder con su fuego y a no apagarlo nunca. Aprendí las calles de mi reino, y el lugar exacto de mi castillo; esa motita oscura a la derecha de su pupila izquierda. La enseñé a desafinar como los ruiseñores y le mostré el camino para no volver.

Las estaciones de mi feudo no eran normales. Ella maduraba cada otoño. Se desnudaba y se deslizaba en el viento con las hojas. Se vestía de primavera para mí y atrapaba cualquier rayo de sol en sus pupilas y por eso, mi reino, siempre estaba iluminado. Olía el verano en las calles y saboreaba cada gramo de calor. Pero se solía quedar atrapada en los inviernos y hacía frío en mi castillo. Un frío que duraba demasiado.

A veces, ella lloraba. No cerca de mí, pero yo sé que lo hacía. Lloraba quizá, por recuerdos. Por otros hombres. Lloraba porque la vida le arañaba, por dentro y por fuera. Y otras veces, lloraba porque la vida no la dolía lo suficiente. Me mentía diciendo que no, que no había derramado una lágrima en mi ausencia. Pero mi reino, el reino de sus ojos, me decía lo contrario. Las calles, las esquinas, el asfalto se oxidaban cuando ella llovía.  Se desmenuzaban con solo mirar. El musgo se hacía hueco entre las baldosas y ladrillos de los edificios, pero yo cortaba las malas hierbas y reconstruía mi reino a base de caricias.

Hasta que un día, dejé de arder con su fuego y empecé a quemarme. Un día, dejó de reír, o por lo menos, de reír conmigo. Las canciones dieron paso a los gritos. Supimos que nunca, nunca, recordaríamos los caminos para no volver. Las lágrimas (de ella o mías) no me dejaban ver mi reino, el reino de sus ojos y lo que fuera antaño mi castillo, eran ya solo unas ruinas. El seísmo de la violencia reprimida, de la rabia sin consumir y toda esa mierda que solo causó derrumbamientos; todo eso, es lo que queda. Cenizas de hogueras que se me antojan extrañas. Ciudades sin asfaltar. Ruinas de un reino que fue mi hogar.

Un reino, que fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles. Una puta barbaridad.
                                                                       
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Solo quería decir que me he inspirado (un poco) en este texto/vídeo de Escandar Algeet para presentación de su libro Un invierno sin sol, el cual recomiendo mucho.


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