lunes, 7 de julio de 2014

Romeo & Juliet

Romeo está enfermo de amor. Sale a escena cantando una triste canción que hace encoger a las personas que pasan, su público. Nadie quiere llorar por otros y sin embargo se les quiebra a muchos el corazón al oír a Romeo. Una farola es su foco y el attrezzo no es otra cosa que la fría calle en la que se encuentra.

“¿Qué fue de nosotros, nena?” Grita a pleno pulmón. Romeo no se rinde y a pesar del frío que le quema, sigue cantando su estúpida serenata.
Y Julieta, que no puede ignorarle más, le mira con pena y le dice que no puede asustar a la gente así, que no debería estar allí.  Le recomienda tragarse sus letras y esconder sus melodías.

“¿Quién es ese Romeo?” Le preguntan sus amigas. Julieta no quiere dar explicaciones, ni quiere recordar tiempos mejores. Quizá también sienta vergüenza o quizá es simple cobardía pero el caso es que contesta: “¿Romeo? Sí, uno más con el que estuve…” Sabe en el fondo que esas siete palabras no bastan ni para describir la milésima parte de Romeo.

“¿Solo uno más? No mientas, Julieta. Los dados estaban trucados desde un principio. Tú y yo estábamos destinados. Cuando cambiamos las pieles, cuando memorizaba tus poros, solías llorar. Yo te decía que te quería, tanto o más que las estrellas del cielo. Te decía que te amaría hasta que muriera. Sí, he olvidado la canción de la película, lo siento. Pero estallaste en mi corazón Julieta, y te quiero. No puedo ser solo uno más.”

Romeo está enfermo de amor. Entristece a su público con sus acordes de suicida y su aire de poeta. Hasta a Julieta le brillan los ojos. En sus oídos resuena su “estamos destinados” pero ella lee entre líneas y entiende que estaban condenados, que suena mucho peor. Julieta está fría como el hielo, y no puede resquebrajarse. Tiene que ser fuerte y por eso cierra sus oídos, sus ojos y su corazón cuando Romeo grita: “¿Qué fue de nosotros, nena?”

Julieta se marcha, ambos andan por calles diferentes. Calles sucias, vulgares. A su paso, ella va dejando gotas de agua y él, un jardín de corcheas.  No saben que el sino juega con ellos. No saben nada, ni siquiera del amor. Desconocen que andan al mismo tiempo, que adelantan el mismo pie y que miran al mismo punto. Que tienen los mismos anhelos. Romeo sigue cantando, ahoga sus penas en gritos y se intenta liberar de los pesos que lleva acarreando desde hace años. Julieta oye su canción en su propia calle y siente ganas de llorar, de romperse de una vez. Pero se dice que debe olvidarle. Se convence de que solo fue uno más, solo uno más. Y cuando creía que lo había conseguido, se acuerda de aquella película, la que siempre veían en las tardes de lluvia.

Julieta empieza a correr huyendo de fantasmas y se choca de frente con Romeo, en una gran avenida donde confluían ambas calles.

“Déjalo ya, Romeo. ¿No te das cuenta de lo que pasa? ¿No entiendes que ya no hay nada? Romeo…”

Romeo, que ha velado todas las pesadillas de Julieta y ha soñado sus mismos sueños, Romeo que había soñado por ella, Romeo, que habría muerto por ella, el que se había creído sus promesas, ese mismo Romeo, el que cree en la teoría de Cinema Paradiso y en la insistencia del corazón, canta:

“Julieta, sé que no lo dices en serio. Sé que no soy uno más. Sé que no tengo porte de modelo ni alma de poeta. Sé, que aunque lo intente, no  tengo ni idea de cómo escribir una buena canción de amor. No puedo hacerlo todo, pero sin duda, lo haría todo por ti. No puedo hacerlo todo, excepto estar enamorado de ti. ¿Recuerdas aquellos momentos juntos? Julieta, mírame, solo soy un hombre que intenta besarte los versos. Sé que recuerdas la canción de aquella película de las tardes lluviosas. Y del nombre del director. Hasta del apellido de aquel actor que hablaba sobre lo superficial de la vida y lo bonito de las mentiras.”

Y Julieta lo recordaba. Julieta entendía, sabía todo de lo que estaba hablando. Conocía de memoria ése monólogo de aquel actor. Tenía grabado cada línea en su piel.

Romeo ya no canta ninguna canción de amor. No hay focos, ni público. Solo una silueta abrazada, que se recorta contra la luz de la luna.


Romeo y Julieta están condenados al desastre. Romeo y Julieta están destinados y malditos. Así que se dicen que se aman y que lo harán hasta que mueran, que se querrán como las estrellas del cielo. Al fin y al cabo, nadie conoce como ellos lo bonito de las mentiras. 



1 comentario:

  1. Waow con cada nuevo microrrelato me sorprendes más y más y mi admiración sigue creciendo, madera de escritora y por eso te he nominado a los premios dardo míralo para ver de qué trata ;)
    http://unpedacitodemimel.blogspot.com.es/2014/07/premios-dardo.html

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