domingo, 3 de agosto de 2014

El daño que causó Cinema Paradiso.

Max era un enamorado del cine. Habría visto cientos de películas, pero su favorita siempre había sido Cinema Paradiso. Max se sentía especialmente identificado con ella. Consideraba que él también estaba destinado a grandes cosas, como Salvatore (o Totó, para los amigos), y que para llevarlas a cabo tendría que salir del pueblucho en el que se encontraba. No soportaba ver las mismas caras todos los días. Al igual que Totó, lo único que le frenaba era su gran amigo Alfredo. 

Todo esto habría tenido sentido, si no fuera porque Max vivía en una ciudad increíblemente grande: Nueva York. Apenas conocía a nadie y su gran amigo Alfredo no era otro que un perro. Muy grande, sí, pero perro al fin y al cabo.

Max estaba convencido de que Cinema Paradiso había sido creada, escrita y filmada para él. Inexplicablemente, se veía reflejado en sus escenas y consideraba que todo lo que ocurría en los fotogramas, le iba a ocurrir a él también. Es más, él se llamaba a sí mismo Salvatore y así se presentaba ante los demás.
Max era un loco soñador que se sabía imaginativo sin darse cuenta de que su vida era una copia de lo que son sus dos horas favoritas de filmografía. Para meterse aún más en situación hasta asignó a las personas que más veía con frecuencia, los nombres de los personajes que aparecían en la película.Ahí estaba el loco, pidiendo dinero en la esquina de enfrente. Por allí se iba 'El Napolitano' trajeado. Cómo se nota que tiene dinero. 
Sí, puede que todo fuera una vulgar fantasía, pero en su mundo, Max era feliz.

Y al igual que en la película, Max se enamoró. Ni siquiera sabía su nombre, pero eso daba igual, porque en su mente siempre se llamaría Elena. Ella ni siquiera era rubia, pero no importaba. Max estaba loco y además de eso, enamorado. Ella tenía el pelo oscuro recogido casi siempre en una trenza que la caía por la espalda. Tenía los ojos azules, eso sí, y una sonrisa en la que poder columpiarse que tenía fascinado a Max. Trabajaba en una cafetería enfrente de su casa,  pero en fin, ya se sabe que él lo veía todo de otra manera. 

Un día, mientras ella estaba cerrando la cafetería, fue a rebuscar algo del bolsillo de su abrigo y cuando sacó la mano, se le cayó algo al suelo. Al instante, Max, que la observaba desde la distancia corrió a recogerle el objeto prófugo. Era un paquete de cigarrillos, pero apenas lo había prestado atención. Lo único que le importaba era dárselo a ella, mirar de cerca sus ojos y aspirar un segundo su perfume. 
—Perdona, se te ha caído esto —le dijo.
—¡Vaya! Gracias. Qué tonta, no me había dado cuenta. —La sonrisa que le dedicó dejó en blanco a Max por unos segundos.
—Me llamo Salvatore ¿y tú?
—Elena. —Antes de que el cerebro de Max asimilara esa información, su corazón ya sabía que ella era la chica.

Hablaron, rieron y bebieron y al final, él le acompañó a casa. Aun estando borracho se esforzó por memorizar el número de calles que tenía que cruzar y la cantidad de esquinas que debía doblar. Y cuando subió a su piso memorizó todos sus escalones. Y cuando la vio desnuda memorizó todos sus lunares. Y cuando la vio dormida a su lado por la mañana, memorizó todas las respiraciones que daba. 
Y claro, Max o Salvatore o como quieran llamarlo, no podía estar más feliz. Pero no contaba con que ella tenía miedo al compromiso y cuando él le preguntó que cuando se volverían a ver, ella le dijo que no por ahora, que tenía planes, que no quería ataduras y que quería volar y blah, blah, blah. Max lo entendió, pues los ángeles tiene su derecho a volar, pero él también quería hacerlo. Así que él, quien se había visto Cinema Paradiso las veces necesarias como para creer fervientemente en la magia del que espera bajo una ventana ya haga frío, lluvia o calor, decidió  hacer lo que mejor se le daba: vivir dentro de su propia película.

Max esperó un día tras otro. Todas las noches miraba hacia la ventana de ella y visualizaba su piso tal y como lo había visto aquella vez, con libros por todas partes, marcas de café en la mesita de noche, papeles desordenados, el olor a tabaco... Esperó y se aguantó cuando creía que se iba a congelar y no se quejó cuando estaba calado hasta los huesos. Noche tras noche. En ocasiones veía a otros hombres subir a su piso, pero él tenía la firme convicción de que pasara lo que pasara, acabarían juntos. Y un día, ella bajó. Se acercó a él y le dijo que esto no podía seguir así, que ella no le quería y que como siguiera otra noche más, llamaría a la policía.  
— ¡Pero estamos destinados!
—¿Qué dices?
—Sí, como en la película.
—¡Estás loco!
Y en efecto, lo estaba. Pero por una vez, desde que vio ese dichosos filme, entendió que las cosas no eran como se las imaginaba. No estaba en un pueblo italiano, no se llamaba Salvatore, Alfredo era un perro y ella no estaba enamorada de él. Así que sin decir palabra se marchó silencioso, igual que como había llegado. La noche que había pasado junto a ella iba a ser algo que no olvidaría jamás, porque hay cosas que simplemente no se olvidan y claro, cómo no ibas a recordar una chica como aquella que se calentaba las manos con el calor de los cigarrillos, que se encontraba entre todo el desorden que había en su piso y que sonreía hasta dormida provocando amaneceres más tempranos y luminosos. Y eso, que solo había sido una noche.

Pero comprendió que quizá Cinema Paradiso no trataba sobre su vida. Que quizá no trataba de ninguna en especial o de todas a la vez, porque todos somos un poco Savatore, un poco Elena y una pizquina Alfredo. Y a pesar de que seguiría llorando con cada beso que viera en cualquier película, porque las viejas costumbres no se olvidan, decidió que a partir de ese momento, ya no era Salvatore.

Al fin y al cabo, siempre le habían gustado las pelis de Superman. Quién sabe, a lo mejor llevaba un Clark Kent dentro.




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