lunes, 15 de septiembre de 2014

Alice.

Alice no está aquí. Pero no te preocupe por ella, sabe arreglárselas. Está preparada para dar cuerda en cualquier momento al cochecito rojo que corretea de un lado a otro. También sabe cocinar, no te creas. Sabe distinguir  las estrellas más sabrosas entre todas las del firmamento; siempre tuvo buen ojo para eso. Y si la ves bañarse en el mar, no debes vigilarla porque sabe nadar mejor que cualquier sirena, y aunque no supiera, la gente como ella no se hunde jamás. Debe de tener relación con eso de que sabe volar y una vez que empiezas, no puedes bajar. Y si la ves cabalgando por ahí, a lomos de un volcán, recuérdala que no lo haga a pelo, que hay que tener cuidado por si surge una erupción.

No, Alice no es de esas que se aburren. En cuanto tiene ocasión, le da por atrapar luciérnagas y burlar reflejos. También guarda cualquier trasto viejo que encuentra y crea historias a partir de suspiros. Y si está de especial buen humor, suele contárselas a la Luna, pero solo de noche, para que el Sol no se ponga celoso. 
Podría decirse que está sola, pero no sería cierto. Para la pequeña Alice, cualquier persona o cosa merece su amistad; al fin y al cabo, la vida es demasiado corta como para privarle ese placer a nadie. 
Algunas mañanas, Alice, que es muy responsable, tiene que despertar al Sol porque es muy dormilón. Pero en ocasiones, le deja dormir un poco más, y es por eso que algunas noches son más largas que otras.

La próxima vez que la veas, tienes que fijarte en todos los lunares que tiene. Pide un deseo cada vez que le sale uno ¿lo sabías? No sé cuando volverá, no. Ya sabes que siempre está muy ocupada: si no está contando arena, está arreglando espejos y si no, cantando. ¿La has oído hacerlo? Cantar, digo. A veces las olas dejan de moverse para escucharla y a su alrededor se reunen ruiseñores y las hojas danzan al compás. Es más: he visto árboles desperezarse de sus profundos sueños y mover sus raíces para oírla cantar. 
Además, ahora le ha dado por dibujar nubes. Coge una tiza —pero no cualquier tiza, si no la que le dio el gigante—, la alza hacia al cielo y la desliza sobre el lienzo azul que tiene encima y traza formas raras y bonitas. En fin, como es ella. Rara y bonita.

Tiene el arcoiris guardado entre su pelo enmarañado y los días tristes los encierra en las comisuras de su boca casi siempre tan alzadas. En sus pestañas tiene el secreto de las aguas saladas y en sus oídos nadie sabe la cantidad de nombres que suenan. 
A veces, cuando duerme, susurra alguno, como si añorara a alguien, porque hasta las heroínas tan especiales como Alice necesitan dormir, echar de menos y recordar momentos pasados.




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