domingo, 5 de octubre de 2014

Nueva Orleans.

Nunca pensé que le volvería a ver. Y menos aquí en Nueva Orleans, donde le conocí. Donde empezó todo. En el miso de bar, de la misma esquina, de la misma calle con el mismo jazz. Parece que nada ha cambiado y sin embargo todo es distinto. Pero verle entrar por la puerta, con ese andar sincopado que parece sacado de una canción de Louis Armstrong me hizo transportarme a esas tardes entre humo de cigarrillos, con las risas en el aire y un par de esperanzas en el fondo de los vasos. Tardes en las que no envejecías, donde parecía que todo en el exterior se detenía y solo existías tú en ese momento, en ese preciso lugar. 


La puerta se cerró tras de sí y pude apreciar que se había dejado crecer el pelo, que llevaba barba y que estaba más delgado de como le recordaba. Pero seguía luciendo ese brillo en sus ojos. Los ojos de un soñador. Esa metáfora que tanto se ha repetido a lo largo de la historia, y de la que él era la prueba. Nadie se podría hacer una idea de lo que pasaba por su cabeza despeinada. 

No me había visto, pero creí que era mejor así. Él, sin embargo, parecía que buscaba a alguien o algo. Siempre ha sido así, un espíritu inconformista, con esa atmósfera de espejismo. Como si no estuviera aquí sino en otra parte, lejos. Con esa postura de que en cualquier momento, echará a volar. Me pregunté si en verdad seguía buscando un corazón de oro, pero ya sabía la respuesta. Él no era de esos que se rendían. Pensé que, de todas formas, eso estaba bien. Estaba bien que tuviera algo que perseguir y que ese algo fuera tan irreal como él mismo. Nunca supe si lo decía en serio, pero tampoco quise creer lo contrario. Era una historia muy bonita, como un cuento o algo así. "El hombre que buscaba un corazón de oro". En mi cabeza sonaba bien. No sabía si se refería en un sentido literal o figurado, pero ¿acaso importaba? La historia era la historia, con sus principios, sus nudos y sus finales. Y Nueva Orleans estaba plagada de retazos de esas historias.

Él seguía mirando de un lado a otro, moviendo las puntas de los dedos. Estaba nervioso, se le notaba. Quizá llevaba estando nervioso toda la vida, sin saber nunca qué le depararía el futuro. Ni dónde ni cuando verá ese 'algo'relucir. Y en ese instante, en aquel bar, me di cuenta de que el tiempo pasaba para todos y que, como dijo Neruda, los de antes, ya no somos los mismos. Por mucho que nos empeñemos en seguir frecuentando los mismos lugares y esperando las mimas cosas, todo cambia. Y él, más que nadie. La vida pasaba por él y a penas se daba cuenta y si lo hacía, se negaba a creerlo. Todo se desmoronaba y se caía y él seguía en la búsqueda de su propio espejismo, aferrado a la esperanza ciega de encontrar un camino.

En un momento dado, sus ojos dejan de ir de un lado a otro. Se clavan en mí y me sonríe como diciendo: "te estaba buscando" y claro, viniendo de él se podía considerar todo un halago. Me estaba buscando. Como si nunca me hubiera movido aquí. Como si perteneciera a este asiento pegado a la barra. Y esa confianza en que yo le esperaría en el mismo sitio me hizo darme cuenta de que pocas veces se tiene la suerte de conocer a alguien como él. A un buscador que es capaz de valorar lo que tiene a sabiendas de que aspira a algo más. Yo también le sonrío, y le invito a sentarse y a brindar por la vida.

Quizá lo hayas tenido tú todo este tiempo. Pero por si acaso, tienes que seguir buscando un corazón de oro, amigo.