domingo, 30 de noviembre de 2014

Lunera.

Érase un firmamento muy lejano y antiguo, hacia el comienzo de los tiempos. Era un cielo precioso, puro e inmenso, donde cada cosa tenía su lugar. Estaba gobernado por tres hermanos: el mayor era todo luz, el pequeño era todo oscuridad, y la mediana era una mezcla de ambas cosas, y por tanto, imposible de definir.

Los tres hermanos se protegían y querían a pesar de sus distintos caracteres. Consiguieron mantener el orden entre sus reinos asegurando la paz del cosmos. Pero un día, o mejor dicho, en un momento dado (porque en aquel tiempo no existían ni el día ni la noche) todo eso cambió. Cada hermano tenía sus propios enemigos particulares y éstos, para asegurarse la caída de los tres reyes, idearon una conspiración; la primera en la historia del universo. El hermano mayor, rodeado de falsos consejeros, hizo caso a todos los rumores infieles que le hacían llegar. Él, seguro de que su gente era de confianza, les creyó todas sus mentiras y sintiéndose profundamente traicionado por sus hermanos, les declaró la guerra.

El benjamín le hizo prometer a la hermana mediana que no les abandonaría ante el conflicto que se avecinaba. Eran y siempre serían una familia después de todo, y debían luchar por el mantenimiento del firmamento. Las promesas siempre fueron fáciles de decir y ésa no fue una excepción. Hermano y hermana permanecieron juntos. Pero la ira del mayor no hizo más que crecer, aumentada por mentiras y rencores. Dejándose controlar por sus demonios, atacó los reinos de los demás hermanos. El pequeño quiso hacerle entrar en razón y explicarle cómo era la situación. Quería recuperarle y para ello, debía abrirle los ojos y mostrarle las conspiraciones que se tramaban en su corte celestial. Pero el daño ya estaba hecho, y como una semilla bien germinada, no hacía más que crecer dentro del hermano mayor.

La hermana no esperó ante el primer ataque, así que olvidó su promesa y huyó. No quería saber nada más del asunto. El hermano pequeño se encontró solo, herido por ambos hermanos y a punto de liderar una guerra. De vuelta a su reino comprobó los destrozos ocasionados por las afrentas del ejército de su hermano mayor y asumió la responsabilidad de sacar el espacio sideral a flote. Sin embargo, eso supondría ir en contra de su propia sangre, firmar una sentencia de muerte, tanto para él, como para ambos. Pero apareció un tercer factor que le hizo decantarse por el bando a tomar: su esposa estaba esperando un vástago. El benjamín, que siempre había querido tener descendencia, juró que su hijo no sufriría la cólera y crueldad del rey de la luz. Su esposa y él mantuvieron el secreto por miedo a que oyeran la noticia los oídos que no debían. Ante su reino se mostraron decididos y encabezaron las revueltas reclamando (aparentemente) lo que les habían quitado; ella quería recuperar su hogar y él a su hermano. Sin embargo, en el fondo, ambos luchaban por un firmamento en paz en el que su hijo pudiera crecer.

Fue un conflicto increíble, arrasador. Se originó una enorme explosión como nunca antes en el cosmos. El rey de la luz, contra el rey de la oscuridad, energía contra energía, materia contra materia, hermano contra hermano. La guerra se prolongó por mucho tiempo, el suficiente para que el embarazo fuera avanzando. El hermano pequeño quiso proteger a su esposa y a su vástago, pero ella no quería dejar el conflicto. Ambos siguieron en el campo de batalla, hasta que ella no pudo complementar la lucha externa con la que se llevaba dentro de su propio cuerpo. Y cumpliéndose casi un año del nacimiento de esa guerra civil, la esposa dio a luz una preciosa niña.

No fue una tremenda alegría. El hermano pequeño no podía parar de preguntarse hasta cuándo iba a durar aquello y qué sentido tenía seguir luchando si al final su hija no iba a poder vivir en el universo que ambos habían soñado. La mujer y él, incapaces de dejar que su hija sufriera ningún efecto colateral, decidieron entregársela a la única persona que sabían que la cuidaría ajena a todo eso: la hermana mediana. El hermano pequeño se la entregó olvidando el pasado, porque él mismo había deseado huir de vez en cuando. Porque nunca habían dejado de ser familia, y al final, era la única a la que le confiaría algo más importante que su vida: su única hija. Se aferraba a la salvación de la pequeña como el gato se aferra a su séptima vida. Prometiendo que la volvería a ver dentro de poco, besó a la niña, la que fue fruto del amor en tiempos de rabia
.
Ella tenía luz y oscuridad a partes iguales, como su tía. Era capaz de brillar con la más absoluta intensidad en la oscuridad más densa y a la vez sentirse segura. Y como la mejor forma de esconder algo es dejándolo al alcance de la vista, la hermana mediana la puso cerca de un pequeño planeta que empezaba a nacer de las cenizas. La guardó en una cuna de cristal, capaz de traspasar y expandir la luz que irradiaba. Así fue como la Luna se hizo la guardiana de la Tierra. La guerra continuó y aún continua, y sus padres siguen luchando por ella, siempre por ella. El conflicto se engrandece y con él, el universo entero se expande.

Al igual que los diamantes surgen bajo presión, ella floreció entre los escombros de un reino que podría haber sido su hogar. Tiene sangre de princesa y la promesa de un reencuentro grabada en la frente. Pero ella no sabe nada, y solo algunas noches, cuando esa esperanza lejana le suena en los oídos, la invade una infinita tristeza que la adormece y apaga, dejando a la Tierra a oscuras y a los marineros solos y sin rumbo… como ella.

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