sábado, 1 de noviembre de 2014

Somos.

—No me conoces de nada.

Y era cierto. Él no sabía nada de ella. Podría describir su apariencia, claro. Podría querer abarcar su cintura y columpiarse en sus piernas. Pero ella pensaba que las personas somos más que eso. Bueno, algunas.
Ella creía y sigue creyendo, que somos las sonrisas, las lágrimas y las carcajadas irónicas. Somos las prisas, la urgencia. Somos las despedidas cuando parte el tren, somos el humo de los cigarrillos, las buenas noches, los buenos días. 

Somos lo que comemos, dicen algunos. Pero también somos lo que escuchamos, lo que vemos, lo que olemos,  lo que sentimos y lo que pensamos. Por eso, somos música, cine, primavera, amor y lógica.

Somos amaneceres por la ventana, pero también somos noches lluviosas y días nublados. Somos gritos con o sin sonido, somos rabia, dureza, odio, tristeza, somos los errores que cometimos y los que cometieron por nosotros. Somos lo que no sabemos, lo que queremos saber, lo que deberíamos saber y lo que realmente conocemos. Somos los libros que leemos, las melodías que nos aprendemos, las películas que hemos visto de nuestro director favorito, somos nuestros "tal vez" con aquella persona, somos los pensamientos furtivos que se cruzan en la mente como estrellas fugaces.

Lo somos todo y nada. Somos miradas breves o largas, más o menos intensas, somos las oportunidades que tomamos y las que no pudimos tomar. Somos nuestras historias inventadas o reales, pero que siempre tienen un final abierto. Somos el silencio incómodo, o el del final del compás. Somos las tardes ociosas, la histeria quebrada y en general, un mundo mal organizado.

Somos nuestros miedos, y de eso, ella estaba segura. Los miedos que nos acompañan y los que superamos. Somos la gente que nos ayudó a superarlos y los que hicieron todo lo contrario. Somos la luz encendida del pasillo, la linterna en la mesilla de noche, somos el giro de doble llave para cerrar la puerta de casa y el mirar a todas partes con ansiedad jadeante.

Somos nuestro trabajo. Somos las tareas acumuladas y las que ya están hechas, somos listas interminables de cosas que hacer, somos nuestro propio sistema de prioridades. Somos nuestros prejuicios, nuestras muecas de desdén, nuestra forma de juzgar y a la vez, nuestra forma de odiar el ser juzgado.

Somos nuestro programa favorito de la televisión y los que odiamos. Somos el botón más pulsado del mando a distancia, el enfado cuando la imagen se congela y la desesperación las pausas publicitarias.

Somos increíbles. Somos nuestras metas logradas, nuestro nuevos objetivos y las promesas que nunca cumplimos o que nunca nos cumplieron. Somos los lugares que queremos visitar y que ya hemos visto, somos los recuerdos que se nos olvidan.

Somos las fotos en las que salimos sonriendo, como si nunca nada malo haya pasado, como si de verdad la vida fuera bonita. 

Somos las personas que conocemos y que conocíamos. Somos la distancia que separa, pero también los kilómetros que unen, somos el darlo todo por alguien y el romperse en felicidad cuando alguien lo da todo por ti.

Somos mar y montaña, río y volcán, somos ruido y calma. Somos lógicos e increíblemente irracionales. Somos impulsos y cavilaciones. Somos nuestra propia tortura y nuestra liberación. Somos lo que creemos, lo que dudamos y lo que nos gustaría asegurar. 

Somos tanto y tan poco. Ella sabía todo eso, pero él no. Por eso quiso poner puntos y finales donde él esperaba comas o paréntesis. Él ante todo, quería empezar con las exclamaciones, pero ella prefería remolonear entre puntos suspensivos. Y ante este choque tan dragramático, tuvieron que tomar párrafos distintos.

Podría haber sido una bonita historia de amor, pero eso ya nadie lo sabe. 

Y es que la personas somos nuestras elecciones, lo que somos, y lo que alguna vez pudimos ser.




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