jueves, 9 de abril de 2015


Ella las esconde,
con vergüenza,
pensando así que quizá pasarán desapercibidas.
Ella las esconde,
esconde sus ganas,
las traspapela, las ignora,
las riñe por aparecer de improviso
por llegar sin ser llamadas.

Y sus ganas,
las ganas de llorar,
la abrazan y le susurran al oído
que están  ahí para quedarse,
que hacía tiempo que no llovía en sus pupilas,
que solo la sal curará sus heridas
y que todo esta abocado al desastre.

La dicen, tranquila niña,
que romperte ahora no significa
romperte para siempre,
que tienes el corazón cargado
y ningún blanco al que disparar.
Por eso estamos aquí,
para apagar el incendio que te quema las mejillas,
para llevarnos el frío de tus huesos
y fundir el invierno que te hace temblar de rabia.

Sus ganas de llorar quieren que ella confíe,
que se deja llevar
y ella no se fía
ella no se rinde
y por eso alza la vista y cierra los puños
y por eso suspira y calla
y en cada exhalación intenta poner su vida
para conseguir morirse un poco.

Cualquier cosa menos llorar, se dice.

Y por eso intenta esconder,
intenta luchar,
intenta tragarse sus ganas
sabiendo, en el fondo

que ellas ganarán.


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