viernes, 11 de septiembre de 2015

Autodestrucción.

'Y que con eso te baste para que te sobre el mundo’ Pablo Benavente.

Una vez me dijo,
‘el ser humano está abocado al desastre
porque ama autodestruirse.’
Y pensé que tenía razón
porque yo había tragado más veneno en palabras
que en frascos
y guardaba bajo llave el doble de desilusiones
que de sueños realizados.
Y una voz me decía
‘ya te acordarás para la siguiente ronda’
y así, aumentaba un rencor que había nacido mucho antes
de que me lanzaran por primera vez contra las cuerdas.

Pensé que tenía razón
porque había visto más puñaladas
que puñales
y tenía un inventario de bombas
que destruyeron más esperanzas
que vidas,
y no sé qué es peor.

Luego pensé que a mí de autodestrucción
no me tenía que decir nada
porque yo también la amaba
a cada golpe que me daba la vida.

Pero luego me dije,
que si bien había visto morirse al mundo
un par de veces
siempre volvía a resurgir de entre cenizas
incapaz de alejarse del todo por amor
o por cobardía.
Nunca lo supe muy bien.

Y yo, que había visto más guerras
entre cuatro paredes que en arenas,
que no sabía de batallas,
pero sí de treguas y naufragios entre sábanas,

Yo, que había visto imperios caer
pero también suicidarse desde lo alto de precipicios
soñando con que la salvación les esperaba al final
vestida de gala, oliendo a perfume,
respondiendo al eco de un nombre olvidado
y con los brazos abiertos.

Yo, que había leído versos
con más furia y cólera que cualquier grito,
que sabía de poetas que eran
más soldado que artista,
y que había calmado el hambre
con un buen libro,

Yo, que había leído tristezas
en ojos ajenos,
que luego decían sonriendo:
no dirán que no lo intentamos.
Ojos que se habrían dejado morir
por no ver muertos a otros
y que sin embargo les toca cargar con fantasmas
que guardan en las pupilas secas
de tanto llorar.

Yo, que había visto sordos
emocionarse ante el recuerdo de una melodía
lejana,
bailando para sí un ritmo,
que solo ellos conocen.

Yo, que había oído tangos
menos melancólicos
que los gritos de ciertos locos
enamorados del juego de faldas del pasado.
Locos, que sin llamarse Malena,
tenían penas de bandoneón.

Yo, que había visto a madres
amando a hijos perdidos
dando el pecho,
partiéndose la espalda
dejándose la uñas y los dientes,
aguantándose las lágrimas
mientras intentan ocultar bajo su abrazo
al niño que amaron
y que ahora, es poco más que un hombre.

Yo, que había visto monstruos
esconderse por miedo a una sociedad enfermiza
disfrazándose de mala suerte en lunes
para que le gente los evite,
durmiendo bajo la cama hasta que pasara la tormenta
pero que luego levantaban la cabeza cada vez que oían
la inocencia de la infancia,
y se volvían pequeñitos para poder caber en su risa.

Yo,
que soy tú cuando me lees,
que eres él y ella cuando llora
que es nosotros cuando reímos
al contaros a vosotros,
que cada vez que ellos gritan
que amamos la autodestrucción,
nosotros decimos muy bajito
que por lo menos amamos.
Y que con eso nos basta para que nos sobre el mundo.