martes, 8 de noviembre de 2016

Apunte sobre las musas.


“Y si esto de ser feliz es malo para mi poesía, que se joda mi poesía.
Ahora me toca a mi.”—Carlos Salem.

<< Algún día lo entenderás. Comprenderás que no hace falta vivir todo lo que escribes pero que sin embargo, solo considerarás bueno aquello que te salga de las entrañas. Y que te duela. Comprenderás que sí existen las musas. Que cada poeta tiene la suya propia.

Sumergido en el  desierto de tus miedos, inseguridades y días grises, verás aparecer a tu musa como el espejismo más hermoso del planeta. Tu musa, podrá ser una mujer, un hombre, una persona cualquiera, y a veces, podrá tener la sonoridad de tu canción favorita, las letras de pasaje del primer libro que leíste; podrá tener cuerpo de guitarra, torso de estatua de mármol, voz de acorde melodioso, cadencia rítmica de poema. Tu musa podrá ser cualquier cosa y sin embargo e inevitablemente, la acabarás humanizando. Y la pondrás un nombre. Laura, Ítaca, Leonor… Guerra... Honor… Y la mirarás con el cariño de creador, te sabrás invencible a su lado sin saber que es ella la que te está salvando. Recuerda que  te encontró perdido en el desierto.

La amarás, no podrás hacer nada para remediarlo. Pero no de la forma simple y mortal con la que se ama a otra persona, sino en un sentido casi espiritual, desde dentro del estómago, con un nudo en la garganta. Es una suerte. Será uno de los amores más puros que jamás encontrarás. También la odiarás. Pensarás que se alimenta de tu tristeza, te molestará que desaparezca de improviso, que no vuelva cuando quieres. Y, cuando entiendas que solo llegará cuando la necesites y no cuando la llames, entonces la odiarás aún más.

Solo con el paso del tiempo, sabrás cómo funcionan las musas. Te recogen cuando tienes el corazón roto, te acunan y te susurran al oído nanas para amansar fieras. Y entre todo el ruido del mundo, del ajetreo cotidiano, encontrarás la salvación en esas palabras. Y entonces, y solo entonces, empezarás a escribir de una manera fluida, sin necesidad de corregir casi nada porque es claro en tu mente lo que necesitas sacar fuera del cuerpo. Así nacerá el poema: engendrado en el seno de los sentimientos más bajos, sucios y desesperados. Luego tu musa se irá, y te dejará aterido de frío, pero con el corazón limpio. Se irá porque ya ha cumplido su función, porque ya no la necesitas aunque pienses que sí, porque ha conseguido que sigas vivo un día más.

Te plantarás delante del papel un día cualquiera y maldecirás a dioses porque sorprendentemente no te saldrán las palabras. Te preguntarás a dónde ha ido tu musa. Es sencillo: volverá cuando no quieras escribir pero lo necesites. No es tan irónico como parece, es ley de rima.

Por eso, y aún habiendo poemas buenos que hablan de la felicidad,  los mejores se escriben con lágrimas, por eso te sale esa urgencia de versar cuando estás triste y se te encoge el corazón. Porque las musas ya están haciendo de las suyas, las muy atrevidas. Inspirándote. Cuidándote.

Querrás a tu musa porque en fondo sabes que amarla significa amarse a uno mismo, porque no deja de ser una proyección de tu alma y por eso, te conoce tan bien.

Comprenderás todo esto, algún día. Y ya nunca más me negarás su existencia, porque sabrás que algo tan intangible, incoloro, inodoro e insípido puede ser lo más real que encuentres en tu pequeña y maravillosa vida.>>

lunes, 31 de octubre de 2016

Trenes.

— ¿Qué haces aquí?
—Voy a coger un tren.
— ¿A dónde?
—Directo a las nubes.
— ¿Cómo?
— ¿Cómo que cómo? ¿No te has enterado? Vaya, veo que no. Hace ya unos meses que perdimos el mar, y ya no quedan muchos sitios a los que ir. Pero las nubes aún nos pertenecen. Debe ser un sitio fantástico. Dicen que el viento allí parece que trae melodías lejanas, que se respira aroma a flores recién cortadas y que cuando llueve…
— ¿Cuándo llueve qué pasa?
—Dicen que es algo maravilloso, como si gotas de seda rodaran por tu piel.
—Ah. ¿Y está muy lejos?
—Mucho, pero eso es lo mejor. La travesía merece la pena, tanto como el destino. Pasas por bosques tan altos que apenas se ve el cielo entre sus hojas. Antes también se viajaba por el mar, pero ya te he dicho que lo hemos perdido. Es una pena, decían que las olas contaban secretos que besaban corazones y que endulzaban hasta el carácter más amargo. Y un volcán que…Bueno, en fin, no quiero aburrirte. ¿Tú que haces aquí?
—También estoy esperando un tren.
— ¿Y a dónde vas?
—No, a ningún sitio. Estoy esperando a que lleguen mis padres.
— ¿Hace mucho que no los ves?
—Sí, mucho.
— ¿Y de dónde vienen?
—De las nubes.
El soldado miró fijamente a la niña. Se quedaron en silencio. Después, él se levantó y sin mirar atrás, se marchó. Acababa de llegar su tren, el que iba a pasar por bosques, mares y volcanes, y que por último, lo iba a llevar a las nubes.


jueves, 13 de octubre de 2016

Nunca estaré a la altura de un maestro.
Tampoco lo intento.

Esta es mi particular versión de "Ella es, por eso estoy" de Carlos Salem. 

Amo es péndulo entre el hombre insensible que se miente al espejo
y el que se emociona
si le dices,
que tienes tiempo para él.
                             
Su geometría de líneas duras
dibuja el mapa de sal de mis ganas de guerra,
mi seísmos reprimidos,
y deja en evidencia a cualquier dios de mármol.

Él no sabe
que vale más que cualquier réplica falsa
de ganador de mil batallas,
que su risa amenaza mi poema
como una percusión de cañones,
que por verlo feliz me marcharía
y por hacerlo feliz permanezco.
Que bailo al son de sus pupilas,
cada vez que milagrosamente me miran.

Tiene en su clavícula, arañazos
de las noches entre barras, luces coloridas
y humo artificial,
en sus manos, una placentera rabia
fruto de cariño y pelea,
mantiene porte de boxeador, mira como un sabio
y ama como la vida.

Él podría acabar con todo,
solo con un parpadeo,
porque tiene balas entre las pesañas
y tormentos,
que le acunan y susurran apunta bien.
Y yo estaré cerca,
con una diana en la frente
y rezando
que no deje de mirarme.

A veces me asaltan dudas,
de si quizá debiera vacunarme y cortar por lo sano.
Pero luego recuerdo,
que es mejor morir de rabia,
a no sentir nunca nada:
enfermar por querer
a vivir atrapada en una coraza.

Él solo le tiene miedo al miedo, y hasta el
miedo lo amaría.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Carta a mi yo del futuro.

Esto puede que sea lo más personal que he escrito nunca y no sé por qué lo pongo aquí. Supongo que quiero tenerlo cerca y a mano. No sé si alguien más lo leerá o lo entenderá, pero lo dejo aquí y que sea lo que dios quiera.

Carta a mi yo del futuro.

No sé en qué momento leerás esto,
pero de alguna forma estoy segura
de que vale la pena escribirlo.
Te hablo desde finales de un verano
que ha sido de los mejores de tu vida.
Eres feliz.
Tenía que recordártelo.
Tienes a tu lado un puñado de gente
que se les hincha el pecho con tus victorias
y que están ahí para secarte las lágrimas
en las caídas.
Tienes 17 años.
Has sobrevivido todo esto gracias a ellos.
No los olvides,
porque te han llevado en volandas hasta la mujer
que eres hoy.

Tienes sueños,
y muchos se posan sobre las cinco letras
de un nombre que te acelera el corazón
cada vez que te besa los oídos.
Te rescata
cada vez que te mira a los ojos,
sonríe
y empiezan a temblar los cimientos
y todo se derrumba
y de pronto,
estás sepultada en algún tipo de cielo.
Con él.

Y es más de lo que muchos
aspirarían a desear.

Eres feliz,
y podrás serlo otra vez. Y otra.
Y otra.

Aunque te escribo desde el vértigo
del futuro incierto,
desde el temor,
la histeria
y sobre todo, las ganas,
sé que lo harás bien.
No puedo jurar que conseguirás
todo lo que te propongas.
Tampoco me importa.
Soy tú, y acabarás haciendo
que valga la pena.

Lo pasarás mal
querrás morirte
y huir.
Caerás de rodillas,
postrándote ante el dolor,
la desesperación
o la sensación de soledad.
Entonces te aconsejo que vuelvas a leer
aquel poema de Goytisolo
que tú y yo sabemos.
Para los días de nostalgia,
solo puedo recetarte a Cavafis,
Cinema Paradiso y una llamada telefónica.
Nunca está de más recordar a los tuyos que les quieres.

No te olvides de mí.
De los conciertos.
De todo lo que hemos escrito.
No dejes de hacerlo,
es la única manera de seguir en contacto.
No sé si aun recuerdas aquel poema
de Víctor Peña.
Aquel que empezaba citando
la famosa frase de Bart Simspon:
“tú antes molabas”.
Bueno, espero que no sea así.
Confío en que mantendrás tus ideales,
serás fiel a ti misma,
y no me decepcionarás.
No te veré morir.

No me preocupa que hagas temblar
o no
de rabia a aquellos que pensaron
que no lo conseguirías.
Solo quiero poder decir
“¿ves a esa de allí?
pues yo la conozco”
y llenarme de dignidad.
Solo quiero
que me recorra un tímido escalofrío
de orgullo cada vez que oiga tu nombre.
Y pensar: “ay, si tú supieras”

Que me va a tocar fingir  que no tengo un nudo en la garganta, ni ganas de llorar; que no he hecho mención a tres poetas diferentes sin quererlo, ni que la poesía ha vuelto a salvarme, a salvarnos otra vez. Que no estoy escuchando a José González y que no te voy a echar de menos, así que vete ya. No me olvides, no lo hagas, por favor. Nos vemos dentro de unos años, compañera.

Te quiero.

lunes, 15 de agosto de 2016

Vuelta a casa.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia
entenderás ya qué significan las Itacas.—C.P. Cavafis.

Cernuda, Bécquer y Sabina 
sintieron predilección por ambientes perdidos,
llenos de tumbas, ángeles terribes 
y excusas del día siguiente.
No pudieron evitar hablar y querer
aquel lugar donde habita el olvido.

Y de verdad parece un sitio interesante,
pero también el dulce abismo 
que adora Silvio como si fuera una tierra prometida.

Y realmente esta vocación viajera
se reproduce a lo largo de la historia de las letras.
La emoción de la aventura, de la jornada larga,
del destino incierto.
Llegar a ese horizonte 
—que tanto temía Neruda—
donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
Amar simplemente el camino, como hizo Machado.
Navegar, 
reencontrarse estando perdido en la inmensidad del océano.
Llorar de felicidad al descubrirte en un oasis.

Y sin embargo, ahora que estoy fuera,
solo pienso en el regreso.
También forma parte del viaje,
que tu destino sea el hogar.
El abrazo que te recompone, 
la mesa que tiene un plato para ti,
la voz que susurra tu nombre.
Llegar con la ropa puesta y el alma desnuda,
saber que no hay secretos que valgan.
Que tu Penélope particular 
te pase su tela eterna por los hombros
y te recuerde que te ha echado de menos.
Atracar donde huela a comida recién hecha
que te dé la bienvenida a casa.

Puedes andar buscando un palacio de diamantes 
—y encontrarás a Darío en él, contando cuentos—
un reino de torres altas que hacen cosquillas al cielo,
un paraíso perdido,
el infierno
o el cielo.
Y muchos nunca querrán volver,
como Alfonsina,
pero yo sí.
Quiero.
Gardel sabe de lo que hablo.

No me considero capaz 
de corregir a un maestro
y por eso no lo voy a hacer. 
Cavafis supo y describió mejor que nadie
la travesía que supone la simpleza de vivir.
Aprender, superar tempestades, descubrir puertos lejanos.

Sin embargo,
me gustaría decirle que no ando en búsqueda
de Itaca alguna
porque ya tengo la mía propia.
No es un destino cualquiera, 
ni todo el mundo puede encontrarla,
pero huele a mí,
sabe como me llamo,
y me dice que he crecido pero que sigo guapa.
Y me dice que quiere saber dónde he estado.
Que quiere saberlo todo.

Tengo mi Itaca particular.
Y si me disculpan, hace tiempo que me está esperando.

sábado, 23 de julio de 2016

Los valientes.

Después de años cargando en silencio las penas
de toda una vida,
alguien dejó escapar un grito
y lo llamaron agitador.

Entonces, todo el mundo
se creyó con derecho a decir lo que pensaban.
Como si fuera importante.
Hablaban sin escuchar,
solo por hacerse oír sobre el ruido de los demás.
Y de pronto, una persona guardó silencio y pensó
antes de alzar la voz
y lo llamaron filósofo.

De nuevo,
la humanidad demostró
su amor temerario por los extremos,
y ya nadie soltó palabra que no estuviera meditada.
Malgastaron el tiempo entre pensamientos
y la vida se les fue escapando de las manos.
De tanta reflexión surgieron reglas,
manuales para el buen razonamiento,
indicaciones para el control de las emociones
y en resumen, limitaciones del placer.
Y una vez más surgió un héroe
que rompiendo con todo,
simplemente se dejó llevar
y lo llamaron temerario.

Y ahora,
que ya no sabemos qué papel fingir
es cuando nacen y viven con nosotros,
aquellos que sin anclarse en ningún extremo
llevan al límite el equilibrio del bien y el mal,
el punto medio de todos estos cabos.
La unión
de todos los valientes que los precedieron
y que incluso fueron considerados dioses
y campeones,
aunque ya nadie se acuerde de ellos.

Así pues,
llegó alguien que era agitador, filósofo y temerario.
Rebelde, político y pirata.
Soñador, maestro y romántico.

Y lo llamaron poeta.

martes, 19 de julio de 2016

Venimos desde muy lejos.


Ciertas  guerras no se libran en campos de batallas. A veces basta con alzar la voz cuando te someten al silencio. Otras, la victoria se juega en un simple papel.

No se trata de tener un gran ejército. Ni si quiera consiste en ejércitos. Solo es necesario tener ganas de quejarse, muchas ganas. Puedes librar la batalla tú solo, y aun así, conseguir derrotar al enemigo.
Puede ser un enemigo de nombre y apellidos, puede ser un colectivo, una institución, una ley. Una ideología. Puedes ser tú mismo.

Podrás estar de acuerdo conmigo, pero también podrás negarme. Quizá tú seas el enemigo. Quizá, aquella nube de polvo que levantan nuestros pasos perturbará tu sueño. Y preguntarás que quiénes somos. Que qué queremos.

Somos aquellas personas de las que siempre habéis dudado. Siempre sin tenernos en cuenta, siempre sometidas a doctrinas. Oprimidas. Enjauladas. Y no niegues la importancia de nuestra causa por no ser capaz (o no querer) verla. No lo hagas por haberte olvidado de aquellas que fueron quemadas por no seguir al resto. De las abusadas. De las violadas. Asesinadas. Mutiladas. Llevamos años de dolor en las entrañas y unas ganas de quejarnos que hacen temblar el cielo. Y no te atrevas a afirmar que eso ya no pasa, porque significará que no sientes la muerte de cada una de nosotras clavada en el alma. Porque significará que no te duelen.

No nos subestimes. Conseguimos el voto. Conseguimos incorporarnos al mundo laboral. Conseguimos gobernar. Y sin embargo, el verdadero objetivo se sigue escabullendo, resbalando de nuestros dedos. La igualdad que durante tantos siglos ha sido ansiada. Tenemos una larga historia de fracasos pero sin duda no brillan tanto como nuestros logros. Los llevamos tatuados, aquí en el pecho, y los exhibimos con orgullo. Somos personas orgullosas.

Digo personas, porque entre nuestras filas está aquel hombre al que llamaste afeminado por querer usar maquillaje. Está aquel niño que dijiste que “peleaba como una niña” a modo de insulto. Y este otro que tuvo que soportar tus burlas por querer echarse a llorar. Pero verás, también están los hombres a los que faltaste el respeto por haber nacido mujeres y no seguir el cánon estipulado. Si te fijas, también puedes ver a los homosexuales, pansexuales, bisexuales y demás sexualidades que nunca merecieron tu aprobación.

Nos asombra tu amplia capacidad de odio. Porque sorprendentemente, también hemos dado cabida a aquellas que tuvieron que soportar como insistías en una discoteca después de haber sido claramente rechazado. La que acosaste. La que tocaste sin su consentimiento. A la que llamaste puta por no hacerte el caso que tanto necesitabas. A la que llamaste puta por subir una foto de su cuerpo a las redes sociales. Porque un hombre sí puede, pero tú no, (recuerda que estás sexualizada hasta la médula). A la que llamaste puta por ejercer su libertad sexual. A la que llamaste puta por llevar un vestido demasiado escotado, una falda demasiado corta o mucho tacón. Porque es una falta de respeto. Porque iba provocando. Lo iba pidiendo. Lo siento, no sabíamos que el cuerpo de una mujer te iba a ofender tanto.

A la que no tomas en cuenta su opinión por ser una mujer. A la que no quiso depilarse. A la que decidió dejar de maquillarse y a la que le encanta llevar los labios rojos. La que no se rio de tu chiste machista está al lado de la que maltrataste. A la que le preguntaste que qué llevaba puesto cuando la violaron. La que a tu modo de ver no puede ser una mujer por no querer ser madre. A la que dejaste de lado en un polvo pensando en tu propio disfrute. A la que controlas constantemente su whatsapp, con quién sale y qué hace. Me ha dicho que te recuerde que no es de tu propiedad.

La que no quiso adelgazar. La que no quiso engordar. La que se aceptó a sí misma. Y todas, absolutamente todas las que queremos sentirnos libres de una puta vez. Porque sí, porque también podemos decir palabrotas sin que nos den un sermón sobre feminidad. Queremos poder volver solas a casa. Queremos poder enfadarnos sin que bromees de “si estamos en esos días del mes”, porque nos sobra valor y nos faltan poros para poder expulsar toda esta rabia acumulada de tantos años. No nos vengas con chorradas.

Estamos aquí, y no nos subestimes. No es ninguna amenaza, simplemente una advertencia. Hemos venido a hacerte pensar y eso sí que debería darte un miedo de la hostia. Ya nos darás las gracias.

Así que tú, sí tú, el enemigo al que no haré ninguna distinción de sexo, raza o religión, deberías empezar a removerte en ese sillón tan cómodo acolchado con todas nuestras opresiones. Porque podrás decir que somos pocas personas y que nuestra guerra, un fraude. Podrás ignorar que aquí huele a revolución desde lejos. Pero no te confundas y mira con más detenimiento y te darás cuenta.

No es que seamos pocas,
es que venimos desde muy lejos.


sábado, 2 de julio de 2016

Y que valga la pena.

La primera cerveza del verano. Un baño caliente después de una temporada de hielo en el tuétano. Tomar aire después de sentir que te ahogabas en la rutina. Romper con todo. Construilo de nuevo a base de escombros. Calarse los huesos a la salida de un concierto, como diría Cortázar. Dejarse caer para abrazar un abismo con nombre y apellido. Hacer reír a sauces. Afinar una guitarra vieja y marcar un tango. Acabar un libro. Empezar otro nuevo. Tu película favorita. Una marca de carmín. La gente. Tu gente.
Abrazar el alma y besar la herida. El sol columpiándose entre las pestañas. Reír. Olvidar. Darse cuenta de que vale la pena.