sábado, 23 de julio de 2016

Los valientes.

Después de años cargando en silencio las penas
de toda una vida,
alguien dejó escapar un grito
y lo llamaron agitador.

Entonces, todo el mundo
se creyó con derecho a decir lo que pensaban.
Como si fuera importante.
Hablaban sin escuchar,
solo por hacerse oír sobre el ruido de los demás.
Y de pronto, una persona guardó silencio y pensó
antes de alzar la voz
y lo llamaron filósofo.

De nuevo,
la humanidad demostró
su amor temerario por los extremos,
y ya nadie soltó palabra que no estuviera meditada.
Malgastaron el tiempo entre pensamientos
y la vida se les fue escapando de las manos.
De tanta reflexión surgieron reglas,
manuales para el buen razonamiento,
indicaciones para el control de las emociones
y en resumen, limitaciones del placer.
Y una vez más surgió un héroe
que rompiendo con todo,
simplemente se dejó llevar
y lo llamaron temerario.

Y ahora,
que ya no sabemos qué papel fingir
es cuando nacen y viven con nosotros,
aquellos que sin anclarse en ningún extremo
llevan al límite el equilibrio del bien y el mal,
el punto medio de todos estos cabos.
La unión
de todos los valientes que los precedieron
y que incluso fueron considerados dioses
y campeones,
aunque ya nadie se acuerde de ellos.

Así pues,
llegó alguien que era agitador, filósofo y temerario.
Rebelde, político y pirata.
Soñador, maestro y romántico.

Y lo llamaron poeta.

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