lunes, 15 de agosto de 2016

Vuelta a casa.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia
entenderás ya qué significan las Itacas.—C.P. Cavafis.

Cernuda, Bécquer y Sabina 
sintieron predilección por ambientes perdidos,
llenos de tumbas, ángeles terribes 
y excusas del día siguiente.
No pudieron evitar hablar y querer
aquel lugar donde habita el olvido.

Y de verdad parece un sitio interesante,
pero también el dulce abismo 
que adora Silvio como si fuera una tierra prometida.

Y realmente esta vocación viajera
se reproduce a lo largo de la historia de las letras.
La emoción de la aventura, de la jornada larga,
del destino incierto.
Llegar a ese horizonte 
—que tanto temía Neruda—
donde el crepúsculo corre borrando estatuas.
Amar simplemente el camino, como hizo Machado.
Navegar, 
reencontrarse estando perdido en la inmensidad del océano.
Llorar de felicidad al descubrirte en un oasis.

Y sin embargo, ahora que estoy fuera,
solo pienso en el regreso.
También forma parte del viaje,
que tu destino sea el hogar.
El abrazo que te recompone, 
la mesa que tiene un plato para ti,
la voz que susurra tu nombre.
Llegar con la ropa puesta y el alma desnuda,
saber que no hay secretos que valgan.
Que tu Penélope particular 
te pase su tela eterna por los hombros
y te recuerde que te ha echado de menos.
Atracar donde huela a comida recién hecha
que te dé la bienvenida a casa.

Puedes andar buscando un palacio de diamantes 
—y encontrarás a Darío en él, contando cuentos—
un reino de torres altas que hacen cosquillas al cielo,
un paraíso perdido,
el infierno
o el cielo.
Y muchos nunca querrán volver,
como Alfonsina,
pero yo sí.
Quiero.
Gardel sabe de lo que hablo.

No me considero capaz 
de corregir a un maestro
y por eso no lo voy a hacer. 
Cavafis supo y describió mejor que nadie
la travesía que supone la simpleza de vivir.
Aprender, superar tempestades, descubrir puertos lejanos.

Sin embargo,
me gustaría decirle que no ando en búsqueda
de Itaca alguna
porque ya tengo la mía propia.
No es un destino cualquiera, 
ni todo el mundo puede encontrarla,
pero huele a mí,
sabe como me llamo,
y me dice que he crecido pero que sigo guapa.
Y me dice que quiere saber dónde he estado.
Que quiere saberlo todo.

Tengo mi Itaca particular.
Y si me disculpan, hace tiempo que me está esperando.

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