lunes, 31 de octubre de 2016

Trenes.

— ¿Qué haces aquí?
—Voy a coger un tren.
— ¿A dónde?
—Directo a las nubes.
— ¿Cómo?
— ¿Cómo que cómo? ¿No te has enterado? Vaya, veo que no. Hace ya unos meses que perdimos el mar, y ya no quedan muchos sitios a los que ir. Pero las nubes aún nos pertenecen. Debe ser un sitio fantástico. Dicen que el viento allí parece que trae melodías lejanas, que se respira aroma a flores recién cortadas y que cuando llueve…
— ¿Cuándo llueve qué pasa?
—Dicen que es algo maravilloso, como si gotas de seda rodaran por tu piel.
—Ah. ¿Y está muy lejos?
—Mucho, pero eso es lo mejor. La travesía merece la pena, tanto como el destino. Pasas por bosques tan altos que apenas se ve el cielo entre sus hojas. Antes también se viajaba por el mar, pero ya te he dicho que lo hemos perdido. Es una pena, decían que las olas contaban secretos que besaban corazones y que endulzaban hasta el carácter más amargo. Y un volcán que…Bueno, en fin, no quiero aburrirte. ¿Tú que haces aquí?
—También estoy esperando un tren.
— ¿Y a dónde vas?
—No, a ningún sitio. Estoy esperando a que lleguen mis padres.
— ¿Hace mucho que no los ves?
—Sí, mucho.
— ¿Y de dónde vienen?
—De las nubes.
El soldado miró fijamente a la niña. Se quedaron en silencio. Después, él se levantó y sin mirar atrás, se marchó. Acababa de llegar su tren, el que iba a pasar por bosques, mares y volcanes, y que por último, lo iba a llevar a las nubes.


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