lunes, 6 de febrero de 2017

Te espero en la cesura.


Tengo un pequeño amor
en la literatura.
Me hace cosquillas
cada vez que mis manos
abren las tapas de un buen libro,
como si me dijera: “este sí, este es bueno”.
Se esconde entre los versos,
juguetón,
alterando las rimas.
Se columpia entre las sinalefas
y cada vez que empiezo a leer un poema
él, rápido y feroz, me susurra desafiante:
“yo ya te espero en la cesura”.

Tengo un pequeño amor
en la música.
Me canta tangos,
cada vez que le vengo con milongas,
Me desafina los instrumentos,
me entorpece los punteos,
y se marcha por bulerías
cuando no hay quien me aguante.
Sin embargo, me susurra te quieros
 fundiendo su voz con las baladas de los domingos,
cuando los bajones son más fuertes
y solo, me queda esperar a la marejada.

Tengo un pequeño amor
en la danza.
Me canta los tiempos
cada vez que estoy perdida
(lo cual pasa más a menudo
de lo que me gustaría reconocer)
Me levanta del suelo,
cuando ya me tiemblan las piernas
y nunca, nunca, nunca
me deja perder el ritmo.
Siempre me dice:
“espalda recta y sonríe,
nadie tiene porqué enterarse
de lo que te pasa.”

Tengo un pequeño amor,
en el cine.
Es el que me aconseja
cuando no solo estoy sola,
sino que también me siento sola,
que habrá una película por ahí,
esperándome.
Que por mucho Indiana que venga
a jurarme amor eterno
teniendo uno en cada puerto,
llegará un Groucho capaz de hacerme reír,
un Guido que me hará soñar
y un Salvatore, que simplemente,
me hará feliz.
Mi pequeño amor
es un gran sabio.

Y así, todos ellos,
todos estos pequeños amores
forman el nombre de mi gran amor.
Me gustaría decir que es el tuyo,
pero es el mío,
lo cual, si me permites la osadía,
me parece mucho más interesante.



Esto lo escribí hace tiempo, mucho antes de que de verdad cobrara sentido. Lo escribí y creo que solo me he atrevido a releerlo una vez. Ahora mismo los estoy publicando sin leerlo, así que puede que haya alguna palabra mal escrita. Me da igual. Sigo sin poder deslizar mis ojos por las palabras sin que se me nuble la mirada. Sin embargo, lo subo porque tengo que enfrentarme a mis fantasmas, aunque tengan tus ojos. Algún día, dejará (dejarás) de doler, estoy segura. 

Hay una canción de Carlos Gardel
que se llama El día que me quieras.
Y claro, podrás imaginarte la felicidad
recargada de las metáforas y armonías tan propias de los tangos
que te susurra Carlos en tus oídos.
Esta va de lo mismo, supongo,
aunque diferente.            
Escribo desde El día que te vayas.
Será un día cualquiera,
nublado posiblemente,
como cada vez que me despido de ti
 y te veo alejarte en el bus.
Un día llegará, y ya no llevaré tus camisas,
no hablaré contigo horas por teléfono,
no fantasearé con viajes juntos,
ni tendré que fingir que no estoy llorando escribiendo esto.
No me pelearé contigo por qué canción es mejor que otra,
ni te quejarás de lo mal que cocino.
Y sí, será un día cualquiera.
Porque estas cosas pasan así, de repente.

Creo en el amor a primera vista.
Puedes enamorarte en un día,
igual que puedes dejar de estarlo en otro.
Un día naces,
un día mueres.
Si puedes pasar de existir a dejar de hacerlo
en menos de veinticuatro horas,
¿cómo no vas a ser capaz de enamorarte?

Por eso, sé que el día que te vayas
será un día,
menos de veinticuatro horas
pero más cinco vidas
para que deje de doler.

Vivo esperando ese día.
O mejor dicho,
vivo preparada para ese día.
Y sin embargo, no se me da bien esto de hacerme corazas.
De nada sirve el hielo, si se va a fundir en el calor de un abrazo.
Y qué dura va a ser la caída.

Ojalá y no te vayas nunca, pero lo harás
y cuando llegue ese día,
viviré esperando hasta El día que me quieras.


sábado, 4 de febrero de 2017

Incendio.

Ahora solo se me ocurren poemas incendiarios. 

No me malinterpreten, no quiero incitar a la violencia o rebeldía. 
Me refiero a que solo se me ocurren poemas incendiarios,
porque arden mientras los escribo
 y voy dejando tras de mí
un sendero de versos y cenizas. 
Solo son la memoria de una hoguera.
Inofensivos.
Y últimamente
solo se me ocurren poemas incendiarios,
y todos son dedicados a ti.
Porque tu lugar está entre las brasas,
 donde por muchas cerillas que lo intente,
no llegarás a prender. 
Así, nunca más me darás calor
pero tampoco
podrás
volver a quemarme.
Tiró la toalla y dijo: "Bueno, lo he intentado". Se había roto una uña.
Por mi parte, tenía las manos ensangretadas y entumecidas, casi no las podía mover. Los dedos en carne viva y no me quedaban uñas. Casi me reí de él.
Se marchó minténdose, autoconvenciéndose de que lo había dado todo y lamiéndose "las heridas".
Y a mí, me dejó sangrando.