lunes, 6 de febrero de 2017


Esto lo escribí hace tiempo, mucho antes de que de verdad cobrara sentido. Lo escribí y creo que solo me he atrevido a releerlo una vez. Ahora mismo los estoy publicando sin leerlo, así que puede que haya alguna palabra mal escrita. Me da igual. Sigo sin poder deslizar mis ojos por las palabras sin que se me nuble la mirada. Sin embargo, lo subo porque tengo que enfrentarme a mis fantasmas, aunque tengan tus ojos. Algún día, dejará (dejarás) de doler, estoy segura. 

Hay una canción de Carlos Gardel
que se llama El día que me quieras.
Y claro, podrás imaginarte la felicidad
recargada de las metáforas y armonías tan propias de los tangos
que te susurra Carlos en tus oídos.
Esta va de lo mismo, supongo,
aunque diferente.            
Escribo desde El día que te vayas.
Será un día cualquiera,
nublado posiblemente,
como cada vez que me despido de ti
 y te veo alejarte en el bus.
Un día llegará, y ya no llevaré tus camisas,
no hablaré contigo horas por teléfono,
no fantasearé con viajes juntos,
ni tendré que fingir que no estoy llorando escribiendo esto.
No me pelearé contigo por qué canción es mejor que otra,
ni te quejarás de lo mal que cocino.
Y sí, será un día cualquiera.
Porque estas cosas pasan así, de repente.

Creo en el amor a primera vista.
Puedes enamorarte en un día,
igual que puedes dejar de estarlo en otro.
Un día naces,
un día mueres.
Si puedes pasar de existir a dejar de hacerlo
en menos de veinticuatro horas,
¿cómo no vas a ser capaz de enamorarte?

Por eso, sé que el día que te vayas
será un día,
menos de veinticuatro horas
pero más cinco vidas
para que deje de doler.

Vivo esperando ese día.
O mejor dicho,
vivo preparada para ese día.
Y sin embargo, no se me da bien esto de hacerme corazas.
De nada sirve el hielo, si se va a fundir en el calor de un abrazo.
Y qué dura va a ser la caída.

Ojalá y no te vayas nunca, pero lo harás
y cuando llegue ese día,
viviré esperando hasta El día que me quieras.


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