domingo, 23 de julio de 2017

Digamos que es un borrador porque no sé si me gusta del todo

Nunca he sido la más valiente
pero me gusta pensar que me partiría la cara por los que me importan.
Soy una paranoica y bastante competitiva.
Cada vez que me duele algo no puedo evitar pensar que me voy a morir.
A veces pienso que soy más consciente del paso del tiempo que el resto de la gente porque me llena de tristeza pensar en lo insignificante de la vida y en el olvido.

Tengo un perro, un puñado de amigos repartidos por el mundo, y una familia que vale más de lo que yo pueda decir.

Adoro viajar, pero también me encantan los regresos.

Siempre me ha importando mucho lo que la gente piense de mí.

Hasta los ocho años siempre quise tener el pelo liso y ser como Angelina Jolie cuando intrepretaba a Lara Croft.
Ahora, en cambio, adoro mis rizos.
Llevo leyendo desde esa edad y hasta mis diecisiete fue uno de mis peores vicios.

Me encanta el roncola.

He apostado todo por gente que no daba nada por mí y sin embargo, pienso, que nunca doy suficiente a los que de verdad se jugaron las cartas en mi nombre.

No me gusta escribir porque todo lo bueno se me ocurre cuando estoy al fondo del abismo y no me gusta tener que volver a él para encontrar la inspiración.
A propósito, estoy triste casi todos los domingos.

No me gustan las estaciones de autobuses porque me saben a despedidas de las que no son temporales.

Soy muy insegura, y dura conmigo misma. Esto se traduce en que aunque estoy delgada, me gustaría estarlo un poco más, ser más alta, con unos labios más bonitos, una voz más aterciopelada en resumen ser más y mejor. Con los demás no soy tan dura, supongo, porque toda la exigencia la gasto en mí y así me va, que me cuelgo por cualquiera.

Tengo una cicatriz muy fea y no es una metáfora, es de las de verdad, y un par de heridas que siguen supurando y esas, sí que sí, son de las que se llevan en el alma.
Aún con todo, estoy aprendiendo a quererme y hay días en los que de verdad me siento mía y completamente libre.

A veces me levanto con ganas de comerme el mundo y me pongo la ropa que veo adecuada para la ocasión pero luego salgo a la calle y algún hombre me brinda una mirada lasciva, me habla, se me acerca, me hace sentir incómoda y entonces sin quererlo, me pregunto por qué no me habré tapado un poco más, por qué no me he hecho pasar desapercibida. Me autoculpabilizo momentáneamente y se me van los ánimos.
Además, cuando me encuentro en alguna situación así mi mente empieza a planear mil artimañas y estrategias para escapar, es decir y siendo claros: me entra ansiedad al saber lo inestable de mi situación.

Soy feminista y no tengo la conciencia tranquila porque siempre tiendo a romantizar las tristeza y la toxicidad como, por otro lado, cualquier poeta haría, y me enfado conmigo misma en silencio.

A veces me dejo llevar y hago cosas que realmente no sé por qué las hago, como esto, como ahora que escribo desde un avión de vuelta a España.
Antes, en el aeropuerto, me he acordado de él mirándome mientras estudio, y no quiero precipitarme porque no sé si lo siento o no lo siento, si a lo mejor es un espejismo, pero creo que puede que sea él, con su barba y sus ojos color miel en los que daría lo que fuera por quedarme pegada,
Sí, puede que sea él ( y esto puede considerarse una mala copia de Escandar)
por el que escribo esto.
Toménlo como unas confesiones, un manual de instrucciones o una declaración de inteciones. No me importa.
Porque aunque él no me oiga y no me lea, recuerdo que él me mira,
y quizá sí, quizá solo eso es suficiente.

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