domingo, 26 de noviembre de 2017

El caminante

Me gustaba mucho caminar contigo.
Aunque a veces me costara
y acabara siguiéndote el ritmo entre jadeos.

Parecía como si a ti también te gustara que lo hiciera.
El andar a tu lado, me refiero.

Y por momentos creía que la definición de felicidad
residía escondida entre el sonar de nuestros pasos.
Y la senda se hacía infinita, pero no me importaba.

Sin embargo, con las primeras piedras del camino
comencé a perder el equilibrio.
Tú no, claro, porque ya tenías cayo de caminante
y sabías lo que hacías.

Pero yo, inexperta, acabé tropezando una y otra vez
con los obstáculos.
Yacía en el suelo con las rodillas peladas y aún así,
me dolía más verte alejándote en el horizonte.

A fuerza de voluntad volvía a ponerme en pie
y corría tras de ti para una vez más,
caminar a tu ladito.
Tú ni siquiera habías notado mi ausencia,
mi derrumbe,
pero me dedicabas esa sonrisa de las tuyas que parecía
que también sonreían tus ojos
y me decías: “¿Seguimos”
Claro que seguíamos.

Pero se fue haciendo cada vez más difícil.
Me temblaban las piernas y tenía magulladas las manos
de tanto detener el suelo.
Caía, me levantaba, te alcanzaba (porque tú nunca parabas), sonreías, ¿Seguimos?, claro que seguimos.

No dejaba de morder el polvo que levantaban tus pasos
mientras tú seguías y seguías,
incapaz de brindarme una mirada a tu espalda
y tenderme una mando amiga.

Se acabó haciendo insoportable
así que el último día de una de mis siete vidas
volví a correr tras de ti y te pedí que pararas.
Estabas muy sorprendido, lo recuerdo.

“Tenemos que seguir caminando”, dijiste.
“Entonces lo harás solo. No puedo seguir. Llevo demasiado tiempo tropezando y cayendo tras tus huellas como para poder soportarlo más.”
“Aún te tienes en pie, con eso basta para que sigamos avanzando”
“No lo entiendes. Claro que con eso basta. Pero no es suficiente.”

El camino me había hecho más sabia y menos sola porque me había encontrado. Comprendí que no hay nada de malo en sentarse un momento en la cuneta a esperar. Que ciertas cosas tienes que ir a por ellas pero otras tantas simplemente llegan y que la promesa de algo mejor no basta para que sea suficiente.
De ti entendí que siempre hay que seguir hacia delante, a toda costa. Pero sigo pensando que es más importante hacer que valga la pena el camino.
Y eso para mí, sí es suficiente.






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