lunes, 31 de octubre de 2016

Trenes.

— ¿Qué haces aquí?
—Voy a coger un tren.
— ¿A dónde?
—Directo a las nubes.
— ¿Cómo?
— ¿Cómo que cómo? ¿No te has enterado? Vaya, veo que no. Hace ya unos meses que perdimos el mar, y ya no quedan muchos sitios a los que ir. Pero las nubes aún nos pertenecen. Debe ser un sitio fantástico. Dicen que el viento allí parece que trae melodías lejanas, que se respira aroma a flores recién cortadas y que cuando llueve…
— ¿Cuándo llueve qué pasa?
—Dicen que es algo maravilloso, como si gotas de seda rodaran por tu piel.
—Ah. ¿Y está muy lejos?
—Mucho, pero eso es lo mejor. La travesía merece la pena, tanto como el destino. Pasas por bosques tan altos que apenas se ve el cielo entre sus hojas. Antes también se viajaba por el mar, pero ya te he dicho que lo hemos perdido. Es una pena, decían que las olas contaban secretos que besaban corazones y que endulzaban hasta el carácter más amargo. Y un volcán que…Bueno, en fin, no quiero aburrirte. ¿Tú que haces aquí?
—También estoy esperando un tren.
— ¿Y a dónde vas?
—No, a ningún sitio. Estoy esperando a que lleguen mis padres.
— ¿Hace mucho que no los ves?
—Sí, mucho.
— ¿Y de dónde vienen?
—De las nubes.
El soldado miró fijamente a la niña. Se quedaron en silencio. Después, él se levantó y sin mirar atrás, se marchó. Acababa de llegar su tren, el que iba a pasar por bosques, mares y volcanes, y que por último, lo iba a llevar a las nubes.


jueves, 13 de octubre de 2016

Nunca estaré a la altura de un maestro.
Tampoco lo intento.

Esta es mi particular versión de "Ella es, por eso estoy" de Carlos Salem. 

Amo es péndulo entre el hombre insensible que se miente al espejo
y el que se emociona
si le dices,
que tienes tiempo para él.
                             
Su geometría de líneas duras
dibuja el mapa de sal de mis ganas de guerra,
mi seísmos reprimidos,
y deja en evidencia a cualquier dios de mármol.

Él no sabe
que vale más que cualquier réplica falsa
de ganador de mil batallas,
que su risa amenaza mi poema
como una percusión de cañones,
que por verlo feliz me marcharía
y por hacerlo feliz permanezco.
Que bailo al son de sus pupilas,
cada vez que milagrosamente me miran.

Tiene en su clavícula, arañazos
de las noches entre barras, luces coloridas
y humo artificial,
en sus manos, una placentera rabia
fruto de cariño y pelea,
mantiene porte de boxeador, mira como un sabio
y ama como la vida.

Él podría acabar con todo,
solo con un parpadeo,
porque tiene balas entre las pesañas
y tormentos,
que le acunan y susurran apunta bien.
Y yo estaré cerca,
con una diana en la frente
y rezando
que no deje de mirarme.

A veces me asaltan dudas,
de si quizá debiera vacunarme y cortar por lo sano.
Pero luego recuerdo,
que es mejor morir de rabia,
a no sentir nunca nada:
enfermar por querer
a vivir atrapada en una coraza.

Él solo le tiene miedo al miedo, y hasta el
miedo lo amaría.